martes, octubre 14, 2008

FOTOGRAFIA - AIRPORTS


Apolo
Serie Airports 2007
by
Gaete

NARRATIVA - JORGE JIMENEZ

REFLEXIONES DE UN ARTISTA POR CONTRATO.

Trabajo para el mañana, desperdiciando el presente y creando un pasado del que me arrepentiré.
Hacer música es llenar el tiempo con sonidos que nos cuentan una melodía que durará en nuestras mentes hasta mucho después de haberse apagado en el aire. Hacer vida debiera ser lo mismo, llenar las mentes de otros con nuestras propias melodías, dejar nuestros recuerdos sonando en las mentes de otras personas por un largo tiempo después que nuestras vidas se las lleve el aire.Trabajaré para el presente, sin importarme el futuro para ir creando un pasado que me satisfaga.Hacer poesía es llenar una hoja con letras, formando imágenes en la mente del lector, creando sentimientos en su alma, sin prometerle un final cuerdo.
El futuro llegará a ser, tarde o temprano, pasado. Si vivo mi presente sin importarme mi futuro, tarde o temprano también de mi pasado me arrepentiré.
¡Tengo la solución! La pregunta que siempre nos debiera acompañar es: “dentro de todos los posibles futuros que vislumbro en este momento, ¿cuál es el que se transformará en un pasado más agradable de recordar y que no pondrá en riesgo los otros futuros desde donde luego tendré que escoger el siguiente que deseo vivir?”.
Hacer un cuento es crear ideas en la mente del lector, pequeños pasos que guían al espectador hacia un final que le provoque agrado, es hacer que él sienta que ganó un bonito recuerdo en su pasado, viviendo un momento agradable en su presente, y quedando con deseos de leer otro cuento en su futuro.
- Cuando terminaba con esas últimas reflexiones, el capitán se dirigió con voz temblorosa hacia nosotros, los pasajeros, informándonos que la única posibilidad que nos quedaba era intentar descender sobre mar abierto ... nos pidió que nos preparásemos para lo peor.
Jorge Jiménez (Jota)
Viña del Mar
Chile

POESIA VISUAL - XICO CHAVES


by
Xico Chaves
Brasil

martes, septiembre 09, 2008

NARRATIVA - MARCELO RANA BISCONTE

EL ESPEJO.


Es temprano. Natalie aún duerme y no quiero despertarla.
También los niños.
Recorro los pasillos del pequeño departamento a total hurtadillas.

Sé que no es bueno lo que estoy haciendo y es por eso que, cuidadosamente, oculto cualquier posibilidad de ser descubierto. Este es mi momento, íntimo, el único donde soy protagonista y cómplice a la vez.

Somos una familia común, diría, hasta vulgar. Rutinas constantes de pequeños burgueses con más obligaciones que derechos. Más miserias que “glamour”. Un trabajo promedio y sin desafíos. En fin, a decir de los “Pink Floyd”, “un ladrillo más en la pared”.

Este es el único momento de mi día, que me estimula, y por el que, a costa de aumentar el tiempo disponible, ya pocas son las horas de sueño o de atenciones maritales.

No enciendo la luz del pequeño cuarto de trastos y fusilerías. La intención, en definitiva, no es que el vetusto espejo devuelva la caricatura que es hoy mi imagen, sino todo lo contrario, lograr ver a través de él.

Todavía no pude descubrir como llego a mí poder.Nadie en su sano juicio regalaría algo tan sin gracia, y en tal deplorable estado. Poco tiempo atrás llamo mi atención, entre las vituallas, como escondido pero, a todas luces, intentando ser descubierto. Algo inexplicable dentro de mí, impidió que terminase esperando el paso del recolector de basuras. Y algo más inexplicable aun, me arrastro a mirar más allá de su reflejo, disparando niveles de fantasía e imaginación que jamás creí poseer.Desde ese día, todos y cada uno, fueron cada vez más tempraneros encuentros. Solos, él y yo.

A veces, hago desesperados intentos por no sucumbir a este ritual ya adictivo, que me va transformando paulatinamente en un ser, cada vez más, oscuro y taciturno.Pero la visión que propone, de esta otra dimensión, es un influjo magnético, una mezcla sado-masoquista imposible de resistir.

Envuelto en devaneos y a falta de luz, tropiezo, y ante la posibilidad de ser descubierto, una corriente fría me recorre el espinazo, más por preservar, que por temor a represarías.

Natalie es una buena mujer y mejor esposa aun, no merecería saber de mi falta de entusiasmo para con nuestra vida. De la frustración que me embarga y aumenta día a día, al ir convirtiéndome en un voyeur envidioso de este alter ego, un sosias carismático de buen vivir que espío a través de la ventana indiscreta a otro estado de tiempo y espacio. De este “yo alternativo” que habita del otro lado.

En un principio, observaba impávido creyendo que solo era una alucinación, una manifestación creada para convertir una realidad chata en otra plena.

Luego, un día me descubrió de la misma manera que yo a él, con igual sorpresa e incredulidad.

Entonces entendí, o que era real, o que definitivamente el desquicio estaba tomando por asalto mi psiquis.

En los primeros aprontes solo fisgoneábamos a hurtadillas. Supongo que tratando de dar veracidad a lo que cada uno de nosotros veía reflejado. Luego, paulatinamente comenzamos a aceptar y permitirnos espiar las diferentes realidades.

Sin saber bien cómo, empezó la comunicación. Fue fácil llegar a las confesiones. Él, era yo mismo. Su modo de vida, era la que había soñado para mí. El intercambio de estados y acciones, terminó convirtiéndose casi en un constante monólogo de su parte, y no pude reparos ni intenté modificar eso, con grandes ojos deseosos, hipnotizado, sucumbía a las formas emocionantes y glamorosas de vida de este bon vivant.

Un trabajo excitante y con una por demás onerosa remuneración. Como consecuencia directa, absolutamente todos los placeres posibles, le eran concedidos a capricho y derecho. Con cada día, una historia, y con cada historia una nueva aventura, aun contadas desde una mundana humildad, iba generando en mi una incipiente envidia cada vez mas malsana e imposible de ocultar.

En los días que por eventos o citas, retrasaba su llegada, mi ansiedad en su espera solo podía compararse a la que sentía en las primeras épocas de noviazgos, cuando ante cualquier pequeño retraso en la llegada de Natalie, mis nervios rozaban la psicosis. A su llegada, escondía la ansiedad solo para no resultar tan mediocre, pero él siempre, aún con el cansancio a flor de piel, hacía un espacio de tiempo para contarme las venturas del día y aún hasta en las quejas no cejaba de añorar sus “problemas”.

Un día descubrí algo que desencadenó el paradojismo. En un gesto incontrolado por tocar su mundo, mis dedos se desmaterializaron a través del vidrio hacia el otro lado. Casi como golpeado por una carga eléctrica, nerviosamente comencé a probar una y otra vez, armándome de valor en cada intento, hundiendo más... de dedos a mano, de mano a antebrazo hasta caer en cuenta que podría ingresar completamente mi cuerpo hacia el otro lado del espejo.

Tampoco tardamos demasiado en desarrollar un nuevo juego. Era la obviedad que en cualquier momento terminaríamos en un intercambio de vidas, donde juraríamos un juego de roles cambiados y con beneficios compartidos. Cada uno de nosotros obtendría lo faltante. Para mí, los placeres carentes, para él, la paz tan lejana a su agitada existencia.

Ambos obtendríamos lo mejor de cada mundo, y en ambos, la plenitud. Teniendo cada cosa que queríamos, en el momento deseado, y cada freno a disposición también. Acción y relax. Día a día, intercambiábamos trajes, y día a día, se tornaba más difícil para mí, regresar de este viaje. A veces tardaba más de lo acordado, pero no parecía importarle demasiado. También de a poco, las cosas comenzaron a verse mucho mejor en mi casa. Natalie, brillaba, se la veía feliz y se distinguía que la rutina ya no afectaba tanto. También el cambio con los niños era evidente, el aumento en la comunicación era notable y las manifestaciones de cariño a mi arribo del trabajo eran el síntoma de la mejoría.

Todo iba cada vez mejor en ambas caras del vidrio. Era el sueño cumplido. La perfección. Lo mejor de ambos mundos a disposición y plenitud total. Tengo y tiene, mujeres y a Natalie. A necesidad, el cambio de rol. El vivir a full, y la paz de hogar. Los lujos de la opulencia y estabilidad emocional que da la tranquilidad de no estar todo el día corriendo detrás del lucro para mantenerlos.

Todo iba cada vez mejor.

El día de hoy ha sido largo y cansado.

Luego de retirarme de la empresa, tomé unos tragos junto a clientes nuevos de una importante empresa de exportaciones. La espectacular secretaria invita con la mirada a continuar lejos del bullicio, pero a decir verdad hoy estoy demasiado cansado. Basta por hoy. Solo quiero volver rápidamente y cruzar portal hacia la paz.


Ansiosamente recorro la distancia hacia el pent-house, dejo las ropas y me siento esperando frente al espejo que él llegue a cambiar los roles nuevamente. Las horas pasan sin que de muestras de llegar. Solo veo mi reflejo cada vez con más síntomas de un acentuado cansancio. No recuerdo cuando mis ojos vencidos se cierran en la espera.

Otro día más de espera. Otro de los ya muchos.

Mi reflejo ya no es tan pleno, ni relajado. Ojeras profundas y una barba prominente, es todo lo que devuelve.Cada tanto llevo las manos hacia él, tocándolo ansioso y a la espera que este vuelva a abrirse a la otra dimensión, pero solo encuentro la impenetrabilidad de la materia como respuesta.Cada tanto arranco gritos y llantos, exigiendo la inmediata devolución de mi vida. La del otro lado. Quiero devuelta mi rutina. Mi familia. La mujer que amo. Por favor, lo quiero de vuelta conmigo.

Día a día voy perdiendo todo. Día a día, aun la cordura. Día a día, todo se va poniendo más difuso y lejano.

Ya es de noche.
A paso cansino, y apenas arrastrando los pies, recorro los pasillos desde el cuarto a la sala de estar, donde paso los días. Me acurruco dentro de la bata de toalla, manchada de vómitos y babas.Apenas escapo a la guardia de enfermeras. Siempre están preocupadas por mantenerme en la cama a costa de pequeñas grageas.

A falta de espejos, me siento en la mecedora, frente a la ventana, que gracias a la oscuridad de la noche logra devolverme mi reflejo desmejorado. Y espero en silencio. Una y otra noche, espero.
No sé de qué lado del reflejo estoy, pero espero.

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Por confesión propia del autor:

"Escritor,cantante y viajero; todo amateur y haciendolo bastante mal".


"Las biografías no debe escribirlas uno mismo".






A Marcelo lo puedes visitar en Le enfant terrible.

POESIA VISUAL


Religión llamada poesía
by

miércoles, septiembre 03, 2008

Colector - Metropolis, la versión raparecida


Séptimo Arte Importante hallazgo:

Aparece la versión perdida de la película Metropolis


La iconográfica película de Fritz Lang, referente obligado dentro del cine de ciencia ficción y de anticipación, apareció en su versión original en la ciudad de Buenos Aires.Se trata de una copia que supera en 50 minutos a la versión estadounidense que se propagó comercialmente por el mundo y que suma unos 25 minutos más a la última versión ampliada de la cinta.


Javier Rojahelis


Pese a los ingenios técnicos con los que el cine se ha ido recargando con el paso del tiempo, podría decirse que "Metrópolis", la iconográfica película de anticipación de Fritz Lang, de algún modo se las ha arreglado para mantener parte de su vigencia. Algo que queda demostrado, por ejemplo, en la clara influencia que dicho filme ha ejercido sobre el género de ciencia ficción y, en general, sobre las cintas que intentan vaticinar el devenir de nuestra sociedad. Siguiendo en este punto al crítico estadounidense Roger Ebert, basta con ver títulos como "Dark City", "Blade runner", "El quinto elemento" o incluso la Ciudad Gótica de las versiones fílmicas de Batman, para entender esa influencia. A lo que habría que agregar títulos como "Brazil" -que bien podría considerarse como la "Metrópolis" de Terry Gilliam- o fantasías futuristas como "La guerra de las galaxias", cuyo androide C3PO es un claro heredero de la estética que tiene el gólem de la cinta de Lang. Un influjo que, en todo caso, no tiene que ver sólo con la visualidad, sino también con el planteamiento que hace de una sociedad en la que el humano se encuentra doblegado en un mundo donde se ejerce el poder -por lo general tiránicamente- a través de las máquinas y la tecnología... una visión que abarca gran parte del género de anticipación en un listado que llega incluso hasta la saga de "Matrix".


Las tijeras gringas


Más allá de estas deudas que tiene el género con ella, "Metrópolis" ahora podría tener un nuevo update gracias al reciente hallazgo del metraje perdido correspondiente a la edición original de la película, el cual no había podido ser visto desde hace 8 décadas. La razón de esto se debe principalmente a lo que hoy conocemos como "cortes del director", es decir, por un lado está la obra original del realizador, y por otro, la versión que el público masivo conoció gracias a los tijeretazos de los productores. En el caso de la cinta de Lang, que resultó carísima (además de los revolucionarios efectos especiales, se usaron más de 35 mil extras en una filmación que duró ¡310 días!), el problema es que para hacerla no se utilizaron sólo capitales alemanes, sino además hubo fuertes aportes económicos entregados por las productoras gringas de la Paramount y la Metro. Esto explicaría por qué la versión que se estrenó en Estados Unidos -y que incluso fue la que se exhibió comercialmente en Alemania meses más tarde- fuese víctima de un importante corte por parte de las productoras, interesadas en recuperar su dinero más que en la particular visión del creador de la cinta. En un principio, la versión de Lang duraba 170 minutos, los que fueron reducidos por la Paramount a sólo 120. Aun así la película arrojó pérdidas, y frente a eso ciertamente nadie pensó que sería una buena idea exhibir o recuperar los cortes del director y sus 50 minutos extra.


Por un dedo


Sin embargo, todo esto cambió hace un par de meses gracias a una historia que tiene su epicentro en Buenos Aires. La encargada de narrarnos la anécdota es Paula Félix-Didier, la actual directora del Museo del Cine de Buenos Aires. Ella relata que, en 1988, Salvador Sammaritano, fundador del legendario Cine Club de Buenos Aires, le contó al investigador Fernando Peña que nunca iba a olvidar la ocasión en la que proyectó la película "Metrópolis" en su cine. "Como la copia estaba un poco contraída, él dijo que tuvo que sostenerla con el dedo durante las dos horas y pico que duraba la proyección. Claro, porque las copias de 35 uno de los problemas o deterioros que presentan es que con el tiempo se contraen. Esto quiere decir que son un poco más angostas y que el mecanismo del proyector tiene más trabajo para hacerlas rodar. Entonces, como se movía mucho, Sammaritano tuvo que sostenerla y apretarla con el dedo, durante todo ese tiempo, para que no se moviera la imagen que se proyectaba en pantalla". El punto es que Peña se quedó pensando en las "más de dos horas" que Sammaritano había mencionado como el lapso en que estuvo en tal tarea. Una cantidad de tiempo que no se condecía con la duración que tenían las copias conocidas hasta ese entonces de la película de Lang. "A partir de ahí, Peña comenzó una investigación para averiguar cuál era la versión que se había estrenado en su momento en Buenos Aires. Revisando entrevistas y diarios descubrió finalmente que sí, que aquí había sido uno de los pocos lugares en donde se había estrenado la versión completa. Una versión que fue traída por la distribuidora Terra de Adolfo Wilson, y que supuestamente también habría llegado a Chile y a Bolivia. Lo que se estrenó en el Cono Sur era la versión completa, y con casi total seguridad era el único rincón del mundo donde se había estrenado así".


Tras la pista del original


Esta anécdota fue la primera cosa que se le vino a la mente a Paula Félix, apenas asumió este año la dirección del Museo del Cine de Buenos Aires, lo que hizo que se preguntara qué había pasado con esa copia.


Para comenzar a resolver el misterio, la punta de la madeja era Manuel Peña Rodríguez, un productor de cine y crítico argentino (de las décadas del 30 y del 40) que se había hecho dueño de una gran colección de películas mudas, principalmente filmes en formato de 35 milímetros. Esto luego había pasado a manos del Fondo Nacional de las Artes a fines de los 60. A principios de los 70, dado que dichas cintas estaban en soporte de nitrato, se decidió destruirlas, pero no sin antes sacarles copias en negativos de 16 milímetros (formato más barato que el de 35). Estas son las copias que llegaron finalmente a la colección del Museo del Cine de Buenos Aires; por lo tanto, la sospecha de Paula Félix era que había una alta probabilidad de que entre esas copias estuviera aquélla de la cual había hablado Sammaritano. Y así fue. Luego de revisar la copia en 16 mm. que había de "Metrópolis", se dio cuenta no sólo de que tenía alrededor de 25 minutos más que la última versión ampliada de la película (la de Enno Patalas), sino que además la cinta tenía dos secuencias extras que le daban un mayor protagonismo a tres personajes secundarios. A esto se suma que la copia mostraba un montaje distinto al de la versión de la Paramount, lo que, según Paula Félix, comprobaría que los norteamericanos, desacostumbrados a narrativas complejas como la de Lang, prefirieron cambiar el orden de las escenas de modo que fuera más cercano al usual montaje de causa y efecto.


Una vez descubierta esta suerte de "arca perdida" del cine, Paula Félix se contactó con la Fundación Murnau en Alemania, dueña de los derechos de la cinta. "Viajé a Alemania y llevé una copia en DVD para mostrarles el hallazgo. A ellos les costaba creer que existieran esas imágenes, porque ya estaban casi convencidos de que las escenas perdidas y la copia original no iban a reaparecer nunca. Ya habían recibido muchas veces noticias semejantes, que al final no eran verdad. No lo creyeron hasta que se las mostré. Ahora ellos van a venir a Buenos Aires para estudiar el negativo y decidir cuáles son los pasos a seguir".


Ella comenta que este es un caso ya aclarado, al cual sólo le falta la labor de restauración, que terminará desembocando en una edición especial en DVD a cargo de la Fundación Murnau. Ahora lo que viene para Paula Félix son nuevos casos, de los que todavía no se atreve a dar nombres porque aún están siendo investigados preliminarmente. Se trataría, eso sí, de algunos títulos rusos y estadounidenses que aparentemente también serían copias únicas que estaban dadas por perdidas. Todo un "Cold Case" de las cinematecas.


Lo nuevo que aporta la copia descubierta


1

Hay tres personajes secundarios que aparecen desarrollados en historias paralelas dentro de dos nuevas secuencias:

Georgy, el obrero con el cual el protagonista intercambia su identidad.

El hombre delgado, el sirviente que el padre del protagonista envía para vigilar a su hijo.

Josaphat, asistente del padre del protagonista que se convierte en amigo de éste.


2

Algunas escenas son más extensas (como la inundación del segmento final) y se agregan varios encuadres nuevos a lo largo de la cinta.


3

El montaje es el original, diferente al conocido hasta ahora, donde se puede apreciar ese estilo narrativo más complejo que caracteriza el resto de la filmografía de Fritz Lang.


4

La duración extra es difícil de definir con exactitud, ya que el cine mudo no corre a la usual velocidad de 24 cuadros por segundo. Se estima, en todo caso, que serían alrededor de 25 minutos más de metraje.

Las versiones de la cinta

Versión original de Fritz Lang: 170 minutos. Dada por extraviada.


La de la Paramount:120 minutos.


Versión de Giorgio Moroder: 83 minutos.


Versión coloreada de 1984 musicalizada por cantantes pop como Freddie Mercury y Pat Benatar.


Versión restaurada de Enno Patalas: 143 minutos. Sólo agrega escenas perdidas, pero no corresponde al montaje original de Lang.


Versión de Buenos Aires: 168 minutos. Tiene el plus de ser el montaje original de Lang.


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Artículo recogido de El Mercurio

Suplemento Artes y LetrasEdición 24 agosto 2008

martes, septiembre 02, 2008

Dèjá vu - Edgardo Castillo Barrientos

Creo que no soy la única persona que ha tenido una experiencia así. Varias veces he escuchado relatos de gente que de pronto se encuentra ante una situación, que le parece haberla vivido con anterioridad. Después rebuscando en la memoria se dan cuenta que es imposible que ello haya ocurrido, pues jamás han estado en ese país o en ese lugar, al menos en esta vida.
Lo que me ocurrió, me ha tenido desvelado por mucho tiempo.

Estaba en el aeropuerto de Ezeiza, haciendo la fila para el check-in y para despachar mi equipaje, pues estaba a punto de partir a Chile. Yo me encontraba en la fila de Aerolíneas Argentinas, que era la compañía por la que viajaba y a unos metros más allá había una fila para realizar el mismo trámite de las personas que viajaban a México por otra compañía aérea.
Me llamó la atención la figura de una mujer que se encontraba en esa fila. Me pareció que era alguna conocida. Como la veía desde atrás me adelanté en la fila para poder verle la cara. Cuando la vi, no me quedaron dudas. Su cara, de una belleza singular era imposible de olvidar. Traté de hacer memoria. ¿De dónde conocía yo a esa hermosa mujer?
Ella pareció darse cuenta que era observada con insistencia y se volvió hacia mí. Cuando me vio, no pudo disimular un gesto de asombro. Le sonreí amistosamente, pero ya ambas filas avanzaban y aunque no le quité la mirada y ella tampoco lo hizo, trataba por todos los medios de recordar de donde la conocía.
Para salir de dudas tendría que hablarle. Terminé con mis trámites y ella estaba haciendo lo mismo. Miré mi reloj. Tenía exactamente 15 minutos antes de abordar. Suficientes para aclarar con ella de dónde nos conocíamos.
Creo que ella pensaba igual que yo. Nos acercamos sonriéndonos.

—¿Ernesto? —me preguntó dubitativamente…

Yo me llamo Edgardo Mauricio y me dio un poco de fastidio que no se acordara de mi nombre. Pero yo tampoco me acordaba del nombre de ella y así se lo dije.

—Perdóname, pero no logro recordar de donde te conozco . Sé que nos conocemos de algún lado e incluso me causa mucha alegría verte… pero tengo la mente en blanco…

—Yo solo recuerdo que te llamas Ernesto, pero no logro ubicarte. Me parece conocerte de toda la vida, pero no recuerdo ningún detalle de nuestra amistad…

—Me pasa lo mismo. Sé que contigo tengo un grado de afinidad y confianza, pero… mi nombre es Edgardo y no acostumbro a mentir sobre mi nombre. ¡Ahora recuerdo! ¡Tú eres Melisa!

—¡Nó, mi nombre es Ariadna! Y estoy segura que tú te llamas Ernesto.

—Vamos a sentarnos a la cafetería y tratemos de aclarar esto…

Se cansaron de llamarnos de ambas aerolíneas para que embarcáramos. Estábamos enfrascados en una conversación que no podía cortar por nada del mundo y ella tampoco. Mentalmente le dijimos adiós a nuestras valijas. Ya las recuperaríamos…

Luego de muchas confidencias e imaginación para llenar los espacios vacíos de los recuerdos de cosas que jamás habíamos vivido, llegamos a una sola conclusión: Nos habíamos conocido en otra vida, en otro tiempo, quizás en otro espacio, en otra galaxia o en la conjunción de un sueño compartido, en el que fuimos meros objetos del destino.
Yo recordé que me llamé alguna vez Ernesto, que era un pianista no lo suficiente bueno como para dar conciertos, pero era un profesor de piano bastante aceptable.
Melisa era una de mis alumnas favoritas. Además de nuestras edades, nos unía el amor por la música romántica.
Chopin, Liszt, Brahms, Debussy, etc. eran nuestros autores favoritos y en especial Karulinus.

—A mi también me gustaba mucho Karulinus, eso lo recuerdo —me dijo Melisa— pero no te podría nombrar ni una pieza de él.

—Tampoco recuerdo nada de él. Pero eso no es extraño, ya que no sé nada de piano, ni de acordes ni de corcheas. Es más, ni sé cuantas teclas tiene un piano.

—Es muy extraño esto que nos está pasando. Hasta ahora sólo hemos tratado de armar una vida anterior en base a suposiciones y recuerdos, posiblemente de sueños y quizás es una simple coincidencia que nos hayamos reconocido sin habernos visto jamás.

—Yo recuerdo perfectamente cual fue la pieza que tocaste completa por primera vez y que me llenó de orgullo ser tu profesor.

—¡No me la nombres!, ¡No me la nombres! Yo sé bién cual fue y anotaré su nombre en este papel. Tú debes hacer lo mismo y confrontaremos y si coincidimos en el título, querrá decir que estamos bien encaminados y que este “déjà vu” es real y no cejaremos hasta descubrir la verdad.

Me dio un poco de miedo ver su férrea decisión. Las cosas inexplicables siempre me causan temor y creo en fantasmas y aparecidos y milagros y en brujas y brujerías, todas cosas que me quedaron por haber sido criado por mi abuela, una señora gallega supersticiosa que creía en todo lo que fuera contrario a la razón.

Fui hasta el mostrador de la cafetería, tomé dos servilletas y escribí en cada una de ellas. Las puse en dos bolsillos deferentes. Regresé a la mesa y tomé el papel que ya tenía escrito Ariadna-Melisa. Decía: “Consolación No. 3 en Re bemol mayor” de Liszt.
Casi con pena saqué mi papel. Vi que sus ojos se humedecieron cuando leyó: “Para Elisa” de Beethoven…

Nunca más volví a verla. Quizás haya sido para mejor. Hay ciertas cosas que no se deben cambiar. También debo añadir a mis temores: las paradojas.

Ayer recibí un llamado en mi celular. Era Ariadna. Jamás imaginé que podría ser ella. Le dí mi tarjeta en forma automática, sin pensar siquiera que ella me llamaría algún día. Ya pasaron seis meses desde la última (y primera) vez que la vi.
Fue en un aeropuerto. Yo iba a Chile y ella regresaba a México. Nos vimos por primera vez y nos pareció reconocernos de algún otro lugar, en otras circunstancias. Charlamos mucho y ella sacó en claro que era sólo una casualidad, los recuerdos en común que ambos teníamos. Yo pensaba de otra manera, pero mi natural cobardía me impidió continuar razonando y buscando respuestas. Ya aclaré que creo en todo lo que es contrario a la razón. Por eso me alegré cuando ella decidió no seguir escarbando en la nada. Pero yo siempre supe que la nada no existe. Siempre, siempre, por descabellado que parezca, siempre hay algo, quizás alejado de nuestro entendimiento. También sé que no es conveniente averiguar mucho en las cosas ocultas o extrañas ni maravillosas.
Para mí, un arco iris comienza y termina sólo donde lo ven nuestros ojos. Ni más allá ni más acá.
Ariadna me llamó para decirme que hoy llega a Buenos Aires y que le gustaría discutir un tema conmigo. No me lo podía anticipar por teléfono, pero era algo relacionado con nuestra conversación anterior. Me estremecí. Yo tenía esa conversación guardada en mi mente, en la sección Olvidar, porque era eso lo que deseaba. No meterme en profundidades de las cuales no sabría salir, sin resultar herido.
Me ví obligado a ofrecerme para venir a esperarla al Aeropuerto. Y aquí estoy. Los indicadores me dicen que el avión ya aterrizó. Calculo una media hora en la Aduana y en los trámites de inmigración y acá me encuentro con la boca seca y lleno de nervios, esperando su aparición por la puerta de arribos. Me negaré rotundamente a seguir indagando sobre ese dèjá vu, que me asusta y que prefiero dejar pasar. Lo que no se sabe no hace daño.
Allá viene empujando un carrito con algunas valijas. Es en realidad más linda de lo que recordaba. Debe tener unos treinta y dos años, rubia, ojos claros. Trago saliva y me acerco a ella. Me abraza y me planta dos besos. Uno en cada mejilla. Su suave perfume me embriaga y ya sé que estoy perdido.
Ya sé que haré lo que ella me pida. Maldita falta de personalidad o lo que sea, que cualquier mujer bonita hace lo que quiere de mí, como si yo fuera una blanda arcilla en sus manos.

—Llévame a mi hotel, ahí en la calle Rivadavia. Se llama Buenos Aires Top Hostel y voy allí porque me conocen. Me dejas ahí y regresas a las 10 de la noche a buscarme, que tenemos que ir a un lugar donde se despejarán muchas de las dudas que nos quedaron la última vez.

—¡Yo no tengo ninguna duda! —protesté, sin mucha convicción…La verdad es que no me gusta andar de noche por ahí y menos con una mujer como Ariadna. Buenos Aires suele ser peligroso y más aún de noche. Tendré que traer un arma para nuestra seguridad.

10 de la noche:
Mucha gente en la calle, muchos turistas y algún policía por aquí y por allá, me dan cierta tranquilidad y más aún cuando me palpo la pistola que llevé. Baja Ariadna y me da una dirección.

—Es cerca de las calles Pedernera y Castañares —me dice muy tranquila.

Clavo el freno. Ni loco voy al bajo Flores a esta hora. Así se lo digo. Ni aunque llevara una ametralladora. Una hermosa sonrisa y un beso en la comisura de la boca me convencen. Allá vamos.
Es un viejo cine-teatro de barrio, donde han sacado las butacas, las alfombras y han alisado el piso. Ahora es un salón de baile, pero manteniendo el viejo escenario, con sus molduras descascaradas y los dorados ennegrecidos por el tiempo. A un costado un enorme piano de cola, despintado, con las teclas amarillas, parece un hipopótamo bostezando. No hay nadie, salvo un hombre de oscuro ensayando un paso de baile, con fuertes golpes de tacos y acompasado zapateo.
En el escenario en penumbras, parece bailar con su propia sombra. Vestido todo de negro, un sombrero de anchas alas, enturbia más aún la ensombrecida oquedad de sus ojos.
La miro a Melissa (no sé porqué la llamo así, ahora) y la veo extasiada, contemplando al hombre de negro. Él sigue bailando. Sus pies, traen mensajes de los hondos de la memoria y de encrucijadas mortuorias.
Sin desearlo me acerco al piano, me siento y comienzo a deslizar mis dedos por las teclas, desenredando músicas remotas. El hombre de negro sigue el hilván musical con sus pies cariciosos, en perfil confuso, tras las melodías y danzas perdidas, en un revivir prohibido. Apenas alienta y resplandece de entre las penumbras.
El hombre me mira, con sus ojos brillantes, pero sin norte en el mirar.
Destellos astrales bajan a sus pies. Quedan en lo oscuro su cara y su cuerpo en danza.
Lo tapujan mantos de penumbras, desdibujando los contornos, incluso del enorme piano que toco con facilidad, sin saber tocar, melodías que no conozco pero que brotan con naturalidad de mis dedos.
Melissa se une en la danza con el hombre de negro. Mis melodías son llamas del fuego sin quemazón ni porfías. Todo es caricia entristecida, penar dulcificado. Ellos bailan rememorando formas escondidas en el transcurrir de los tiempos. Su baile es un oscuro adentrarse. De pronto mi conciencia se rebela y veo en mi adormilado alerta, asomar a su arte, un festejo mortuorio. Ellos son los que bailan, sí, pero sostenidos por bailarines muertos. Asoman balbuceos extraterrenos a su plástica ensombrecida. Forcejea hasta salirse del espejo trizado del tiempo por mediación del artificio del baile.
Para remirarlo, fuerzo mis pupilas. Lo veo con carga del penar yacente. Sospecho que el hombre tiene tratos con la Muerte. Haciendo un enorme esfuerzo, dejo de tocar y de un manotazo logro hacer caer la tapa del piano, en una nube de polvo. El hombre de negro desaparece y Ariadna cae de rodillas al suelo, cubriéndose la cara como para evitar la luz que ha inundado el escenario. Afuera se escuchan tañidos de campanas, ahuyentando a otras sombras que estaban absortos mirando el bailar del hombre de negro. Entre las sombras que huían, una de ellas miró hacia mí y reconocí a mi padre, fallecido, cuando yo era niño. Nadie irrumpe con gestos ni avanza a musitar un desacuerdo. Tan solo desaparecen, apretando los labios para degustar instantes que nunca por nunca volverán. Levanto a Ariadna y la guío hacia la salida. La siento en el auto y me alejo manejando despacito. Ella solloza en silencio.

—¿Qué querías encontrar, Ariadna? —le pregunto dulcemente, sabedor que nunca me daría la respuesta. La dejo en su hotel.

Pasaron dos días desde que estuve con Ariadna en el bajo Flores viendo bailar a un hombre de negro, mientras yo tocaba el piano. Pero no estaba seguro que eso hubiera ocurrido en realidad. Así que al mediodía, con el sol bien alto me dirigí a Pedernera y Castañares buscando el viejo Teatro pero no lo encontré. En el lugar donde me pareció que debía estar, solo era un sitio baldío, donde estaban unos vagabundos acurrucados bebiendo de una botella.

—¿Alguien conoce donde está el teatro viejo, por acá cerca? —les pregunté.

—En esto, que ahora es un baldío, hubo un Cine-teatro que se incendió, pero hace muchísimos años… —me aseguró uno de los linyeras.

Me fui para el centro. Iría al hotel donde había dejado a Ariadna y trataría de aclarar las cosas con ella. Mi curiosidad venció a mi cobardía y ahora quiero saber todo. Es demasiado misterio para mí y no consigo apartar de mi cabeza esa escena maravillosa y terrible, donde Ariadna bailaba con el hombre de negro. Y además quiero saber porqué yo tocaba el piano, sin que jamás haya estudiado nada de música y menos de piano.
El Top Hostel, por suerte sí estaba.

Pregunté por la chica mexicana; — Ariadna se llama —le dije al conserje, quién me hizo esperarla en la recepción.

Al rato bajó ella. Casi no la reconocí. Tenía enormes ojeras y los ojos irritados, quizás por haber llorado mucho. Me miró como si me hubiera estado esperando.

—Vamos —me dijo tomándome la mano.

Iba a seguirla, a dejarme llevar no sé a donde, pero hoy me levanté como si me hubiera comido un león y soltándole la mano le dije que quería saber primero a donde íbamos y por qué motivo. Así que la tomé de un brazo y la metí en el Café de la esquina.
Pedí dos cortados, pero ella prefirió un té.

—Primero quiero que me digas tu verdad —me dijo ella —y luego te daré todas las explicaciones que quieras. ¿Recuerdas que me dijiste la vez pasada que yo había tocado el tema “Para Elisa” y yo creía que había sido una pieza de Liszt?

—¡Sí, recuerdo! Te mentí. Yo también supe que era la Consolación de Liszt la que tocaste completa por primera vez. Pero escribí en dos papeles diferentes, porque tenía miedo. Todavía tengo ese oscuro temor a lo desconocido, pero ¿como supiste que te había mentido?

—Fue mucho tiempo después, cuando recordé que ambos creíamos que uno de los compositores favorito nuestro era Karolinus.

—Lo recuerdo y sé que me gusta todavía…

—¿Cuánto hace que escuchaste un tema de él, por última vez?—me preguntó

Titubeé. En realidad no lo sabía y así se lo dije.

—¡Jamás en tu vida actual lo has escuchado, porque Karolinus no existe!

Su afirmación me sorprendió. Ella continuó hablando con seguridad

—Lo busqué en todas las enciclopedias de música, en cuanto libro encontré. He interrogado a músicos, a profesores de música y nadie, pero nadie lo sintió nombrar. Al menos en estos últimos siglos…

—Pero no puede ser muy antiguo ya que tocabas a Liszt y este compositor es de mil ochocientos cincuenta o algo así. Y si tú sigues creyendo que ambos vivíamos por esa época…

—Lo que yo creo es que tuvimos una vida en otra dimensión y que Karolinus pertenece a esa dimensión o época y por eso acá nadie lo conoce…

—Pero entonces, tú y yo somos de esa dimensión y ¿qué hacemos aquí ahora?

—Eso, mi querido Ernesto, es lo que deberemos averiguar…

Creo que todavía estoy a tiempo de salirme de este embrollo, antes que pase algo malo. Pero quién puede renunciar a la posibilidad de descubrir algo nuevo, algo que deje a la humanidad asombrada y maravillada. Algo que puede echar abajo a todas las religiones. Si el Vaticano tembló ante la novela de Dan Brown, el famoso Código da Vinci, ¿que ocurrirá si se sabe que una hermosa chica junto con un boludo que se cree escritor, andan tratando de probar que existe otro mundo paralelo, en el cual la Humanidad ya ha vivido o vivirá algún día? Y la Muerte entonces ¿Es solo la transición entre este mundo y esa otra dimensión?

—Posiblemente estemos muertos en ese otro mundo y renacimos acá. Tú en Chile y yo en México—me comentó Melissa

—Y dio la puta casualidad que nos encontráramos y nos reconociéramos y nos metiéramos en este lío —le dije un poco molesto —Y si llegamos a morir acá, posiblemente renaceríamos allá…¿No te parece?

—Creo que esa podría ser una respuesta —afirmó Melissa

—Ahora dime,¿Qué fue eso de la otra noche? El hombre de negro, el viejo Teatro, yo tocando el piano, tú bailando una música imposible…

—Vas a tener que creerme, pero no recuerdo nada de eso que dices. Yo vine a la Argentina, por recomendación de un viejo chamán, a ver a un familiar suyo, que vive en Pedernera y Castañares y que me iba a ayudar a descubrir el pasado de mi pasado.

—¿Hay chamanes en México? —le pregunté desconfiado…

—En todas partes hay hechiceros, adivinos y personas que practican el chamanismo. Yo estudié mucho sobre ello. Es un culto del paganismo de Oriente difundido entre los pueblos de Siberia, los ostíacos, los tungusos, los kanchadales, los samoyedos, etc. y se basa en los estados de éxtasis o de congoja que provocan con sus danzas ejecutadas al son del tambor, de noche y a la luz de las hogueras. Cuando alcanzan esos niveles, de éxtasis o de congoja, es cuando se le pueden preguntar las cosas que nos interesan y nos responderán, a veces directamente, otras, con elipsis. Se extendieron por todos los pueblos y en México, principalmente en la zona del Yucatán, todavía quedan viejos adivinos a los que es posible consultar.

—Y el hombre de negro que bailaba, ¿quién era?

—No recuerdo haber visto nada de eso. ¡Ya te lo dije!

—Entonces ¿qué haremos para seguir investigando? —le pregunté

—Vayamos a esa dirección a buscar al familiar del chamán mexicano…

—Pero…yo vengo de allí y no hay nada de lo que había anoche…—le dije

—Entonces, tendremos que ir al anochecer y esperar lo que el destino nos quiera brindar…

El solo pensar en regresar esta noche a ese misterioso Teatro, si es que lo encontramos y poder salir de ahí, sin mayor problema, se me hacía algo medio imposible, pero de súbito un pensamiento vino a mi mente: Entre las sombras de anoche, me pareció ver a mi padre. Lo reconocí a pesar de que yo tenía diez años cuando murió. Estoy seguro que el también me vió. Seguro que me protegerá si algo me amenaza. Me lo debe…

Esa noche fuimos al Bajo Flores nuevamente. En la noche, todo se ve diferente y en esa zona, de por sí, misteriosa, la oscuridad y el silencio contrastan enormemente con las luces y el bullicio del centro.
Incluso el alumbrado de las calles daba un tono amarillento a las despintadas casas del viejo barrio. Dejamos el auto bajo un farol caminamos tomados del brazo hacia donde recordábamos que estaba el teatro. Nuestros pasos resonaban en el silencio como malas palabras pronunciadas en un templo. Al llegar a una esquina lo vimos por fin. Allí estaba el viejo teatro al que estaban llegando muchas personas.
Por un momento pensé que esa sólida construcción jamás se había movido y que yo, cuando vine a pleno día, me equivoqué de calle. Todo puede ser me dije con mi fatalismo habitual.
Entramos al teatro como una pareja más, que venía a bailar. El Teatro de pronto despertó y comenzó a sonar una orquesta de tango, que estaba ubicada en el descascarado escenario. Y comenzó el baile.
Melissa y yo nos sentamos en una de las mesas del lugar.
Era una escena increíble. Decenas de personas bailando ritualmente un hermoso tango. Ningún pintor podría fijarla con sus pinceles.
El tango que tocaban era “Gallo ciego” (uno de mis favoritos). Lo reconocí con alivio y al saberlo cosa mía, me ayudó a abstraerme de la ensoñación, de tiempo y espacio que sus notas producían a los que bailaban.
Melissa, acodada en la mesa, cerró los ojos para escuchar mejor la melodía, mientras yo trataba de no dejarme arrastrar a las honduras de la desorientación y del descamino.
Quería estar alerta y observar todo lo que sucediera. Necesitábamos respuestas y la posesión de fugaces visiones y la retención de vagarosas presencias danzarinas, cuasi inasibles, que nos pudiera ayudar a asistir al convite del festejo de la Vida, de esta Vida y de la otra, que sospechábamos de un increíble dulzor, sin dejar amargos.
En lo más animado del baile, ahora era Mala Junta lo que tocaba la orquesta, entró el personaje de negro, con chalina colorada. Era el mismo que la noche anterior danzaba solitario en el escenario del Teatro vacío. Al que acompañé con el piano. Prestamente ganó el hombre un rincón, el más apartado de la sala y allí se dejó estar en su oír y en su mirar.
Al rato se decidió. Vino donde estaba Melissa y sin mirarme, gentil y atencioso, le ofreció su brazo, invitándola a bailar. Ella me miró como pidiéndome ayuda o que la protegiera. Le sonreí tranquilizándola.
Salió a la pista con el oscuro y misterioso personaje, mientras la orquesta se desmelenaba con La Cumparsita.
En una mesa de enfrente mío, estaba una dama que me miraba con complicidad. Decidí abordarla. Tenía yo, muchas preguntas en la punta de la lengua y no tenía a quién formulárselas. Le hice una seña con la cabeza, invitándola a bailar. Una brillante sonrisa fue la respuesta y enseguida la tuve en mis brazos. A pesar de ser ella un poco excedida de peso, se movía con una ligereza que contrastaba con mi torpeza habitual.
Estaba siguiendo a Melissa con la mirada, cuando se me agazapó en la niña de los ojos. Sencillamente desaparecieron de mi vista y por más que me esforzaba por hallarla entre la muchedumbre que bailaba, no la pude encontrar.
La mujer que bailaba conmigo, seguramente se preguntaba la causa de mi porfía buscona. Yo la arrastraba en el baile con pasos inventados para girar, para avanzar, para regresar buscando a Melissa.
La mujer de encendidos fuegos que se abrazaba con fuerza a mí y apoyaba su cabeza en mi hombro, se molestó y me preguntó con seca voz:

—¿Qué andas buscando, hombre mecido por los desacuerdos de tu alma?

—Ando buscando a alguien con quien tratar. A alguien que me indique el camino a la libertad de mi alma…

Se detuvo en mitad del baile y nos encaminamos a la mesa de ella.

—Trata conmigo.—me dice, insinuante —Trata conmigo y tendrás todo lo que andas reclamando y tanta falta te hace para ser feliz. Trata conmigo y dejarás de arrastrar miserias encadenadas. Te verás lleno de un todo y te sobrará para los goces de la vida…

Me recorrió un escalofrío y levantándome le dije:

—No necesito riquezas. No las ansío. Lo que busco es otra cosa que tú no me podrás dar. ¡Gracias!

La mujer se desentendió de mí y siguió esperando a otro incauto que la invitara a bailar.
Me senté en mi lugar dispuesto a esperar a Melissa y pedí una bebida al mozo que se acercó a ofrecerme algo.
Al terminar el tango siguiente, se acercó Melissa acompañada por el hombre de negro.
Me lo presentó diciéndome: —Este señor es quien nos puede ayudar…

Lo invité a sentarse con nosotros y cuando el mozo me trajo mi bebida le ofrecí a él y a Melissa algo que tomar y mientras ella pedía una menta frappé, el se despachó pidiendo un ajenjo. Una lucecita de alerta se encendió en mi conciencia, aletargada por el sinnúmero de emociones y trataba de escarbar en mi memoria, donde había leído de alguien que era un adicto al ajenjo. No lo pude recordar.

—Pueden preguntar lo que les interese —nos dijo el hombre —que de buena gana les responderé.

—¿Porqué nos ayudará? —le pregunté desconfiado…

—Tengo que ayudar a Melissa a regresar de donde no debió salir.

Sonrió enigmáticamente al ver que se me quedé boquiabierto por el asombro…

Melissa me tranquilizó:

—Ya sé casi todo, Edgardo —me dijo — La que soy de otra dimensión soy yo. Por eso , aunque tengo 32 años, no guardo memoria sino desde los 20. Mi familia, porque tengo una familia en México, creía que era una especie de Mal de Alzheimer al revés y que yo había perdido la memoria de mis primeros 20 años al sufrir el accidente que mató a mis padres.

Yo no entendía muchas cosas y así se lo dije:

—Pero y yo…¿Dónde entro yo en esta historia?¿Porqué pensamos que era tu profesor de piano en tu dimensión?

Acá intervino el hombre de negro diciendo:

—Te diré algo, que espero que puedas comprender. No existen dos mundos paralelos. Existen muchos mundos y dimensiones paralelas. La Humanidad o… lo comprenderás mejor si te digo que el número de hombres y mujeres existentes, es un número fijo. Somos 3,141593 mil trillones de seres. Entiendo por la cara que pones que no conoces ese número. Sin embargo hubo en este mundo muchos sabios que se acercaron a la verdad.

—¿Y dónde están ahora esos sabios?

—Todos están en otras dimensiones, lejos unos de otros y con nuevas personalidades. Te contaré algo gracioso. Alberto Einstein en este momento es portero de un colegio en un país parecido a la China de ustedes y es inmensamente feliz.

—En ese número que me diste, ¿Están incluídos los animales , los insectos, etc?

—¡No! Esas son sólo proteínas…

No me pude contener de preguntar:

—¿Y Jesucristo? ¿Dónde está?

El hombre de negro se sonrió, me miró fijo a los ojos, obligándome a bajar la vista y me contestó:

—Según los archivos, en este momento está desaparecido. Continúa siendo un rebelde y tenemos serias sospechas que estuvo varias veces en este mundo y que alguna vez se llamó Ernesto Guevara y otra vez fue Gandhi. Y así sucesivamente. En cualquier dimensión que se encuentre, será un hombre bueno… No nos preocupa, como otros…

—Cuénteme de Melissa. ¿Porqué apareció acá y porqué yo la conozco?

—Melissa es un caso aparte. Es hija de dos seres maravillosos, que en su bondad no supieron educarla con rigor y su rebeldía se debe a que tiene una curiosidad innata y supo, es decir, averiguó por casualidad, como pasar de una dimensión a otra. Y lo hizo varias veces.

Melissa se sonrió e intervino por primera vez en la conversación:

—Fue gracias a ti, Edgardo. Tú me enseñaste música, y deberás saber que la música es la llave que abre la puerta intermedia entre dos mundos paralelos o dos dimensiones semejantes.

—¿La música? ¿La música es el pasaporte para ingresar en tu mundo?

—Sí y eso lo descubrí tocando algo que tú me prohibías. Decías que era muy complejo para una aprendiz y que representaba un mundo en guerra, ya que habían caballos, desfiles militares, combates, etc. Cuando me sentí verdaderamente capaz de hacerlo bien , lo hice., y descubrí que no tenías toda la razón. Esa música no era solamente de guerra. También había paz y granjeros cosechando y madres riendo, etc. Buscando separar lo brioso de la guerra de lo pacífico y normal, descubrí los acordes necesarios para abrir las puertas del Cielo, como lo llamo yo.

—Sé a qué música te refieres. Es la Polonesa No.1, opus 71 de Chopin

El hombre de negro se impacientó:

—Comprenderás Edgardo, que no puedo arriesgarme a dejarte con esos conocimientos. Si alguien se enterara, sería el Caos…

—Qué harás entonces…¿Me matarás?

—No existe la muerte. No temas. Solamente olvidarás todo lo ocurrido, referente a Melissa, a mí, y a la música.

Me puso la mano en la frente y yo al cerrar los ojos alcancé a escuchar un clic. Un clic demasiado conocido por mí. Era el de mi grabador de periodista al que se le había terminado la cinta. Rogué mentalmente que no se diera cuenta el hombre de negro y me palpara en mi bolsillo interior…

Desperté, sentado al volante de mi auto. No recordaba nada. Me preguntaba que diablos hacía en el Bajo Flores, dormitando en el auto, con riesgo a ser asaltado. Puse el motor en marcha y me fui a casa.
De esto pasaron varios días hasta que descubrí esta historia guardada en mi grabador a la que reconstruí con gran esfuerzo y que ahora presenté a ustedes.


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Espero que me crean este relato, porque la verdad es que, ¡ni yo lo creo!


Este cuento está dedicado a todos aquellos que jamás pudieron cumplir ni uno solo de sus sueños…


Eduardo Castillo Barrientos

Poesía Visual -





Vida

Gladys Afamado
Uruguay

Javier Martín Pedrós




Poesía en la distancia
Escritor y voluntario


Tiene una musa Javier Martín Pedrós: la vida misma; una puerta abierta a la inspiración… Vivir para contarla, como evocaba García Márquez en sus memorias. Pedro Javier (Huelva, 1952) fue uno de los fundadores de las tertulias del 1900, sedimento del arte y sus tesoros junto a la Plaza Niña. Tiene en sus manos ahora el Viaje inesperado al que le han conducido los derroteros de Internet y la creación compartida, de forma que el año pasado, con la veteranía ya de tres décadas en verso, alumbraba en Huelva el proyecto Poesía en la distancia junto a Lupe García Araya, publicando con esta extremeña el primer libro de la colección de la editorial Corona del Sur. "Se trata de compartir la magia de la poesía -explica-, de forma que un poeta inicie una estrofa para que otro (en la mayoría de los casos sin conocerse siquiera) se recree, navegue en ella y la continúe, a partir de una invitación en la Red". Después de echarse a los ruedos y editar el primer volumen, en la presentación de esta iniciativa en el encuentro 'Edita' de Punta Umbría recabó Javier nuevos compañeros de viaje en otras latitudes, y en el segundo libro se sumaron autores de Argentina, Chile, Nicaragua, Sevilla, Ciudad Real, Madrid…, para hacer una primera parte de composición colectiva y una segunda de aportaciones individuales, tanto de escritores consolidados como inéditos. "Ya estamos trabajando en el próximo libro, -avanza- que presentaremos también en Punta Umbría". Al margen, Martín Pedrós recoge sus poemas en tres antologías, revistas y tres libros propios; es coordinador del blog Azuldemar y colaborador habitual en el blog Huelva de añil y cal y en la web Proyecto Dos orillas. Prejubilado tras 32 años en una entidad financiera, dedica así sus días al diálogo en el arte e igualmente a una comprometida labor de voluntariado en Proyecto Hombre; la asociación de enfermos de fibromialgia; y la escuela de padres de jóvenes con problemas de drogadicción que ha creado Pedro Javier junto a otros terapeutas.

Lo dijo Jorge Bucay: los compañeros de viaje son lo mejor de esta travesía que se inicia y termina en soledad. Compañeros de un viaje inesperado.

viernes, agosto 29, 2008

LetrasKiltras, la comunidad de Antaria

Antaria ha creado una comunidad, LetrasKiltras, en ella se pretende lograr una red social, no sólo abocarse a la difusión del arte, objetivo principal de esta bitácora, sino crear lazos, debatir temas, generar acciones, hacer de la difusión y comunicación en la red una herramienta fructífera.

Quedan invitados a visitarla y sí les agrada a integrarse a la comunidad, la creación necesita de talento y de apoyo mutuo.

Bienvenidos a LetrasKIltras ,punto de encuentro de los errabundos quiltros de la creación.


(Antaria retoma su actividad habitual a partir de septiembre)

viernes, agosto 01, 2008

BITACORA EN MANTENCION

viernes, julio 18, 2008

ARTE EN LAS CALLES - GRAFFITI

Desde Coquimbo, Chile la fuerza del color.








Adiós pajarito
by
extremacolor

martes, julio 15, 2008

NARRATIVA - SILVINA OCAMPO

La nube

Íbamos a cazar una nube. No es fácil, cualquiera lo sabe. Era una nube blanca, rodeada de pasto y de flores. Cazarla era imposible. ¿Cuál era la nube? Esto era lo difícil. Las nubes estaban en el horizonte, muy lejos; había que alcanzarlas en coche, en automóvil, en avión. ¿Pero quién dispone de un avión, de un automóvil, de un coche? Más fácil sería ir a caballo, galopando, o en bicicleta. Pero todo era imposible. Una vez llegados al horizonte, ¿qué hacíamos? Nos quedamos mirando la nube que no había cambiado de forma, aunque sus compañeras fueran bastante distintas y fáciles de confundir entre ellas. Nos quedamos mirando aquella nube hasta que cayó la noche azul, azul como el interior de uno de los juguetes, el más importante y seductor de todos; un juguete vulgar, si se quiere, pero raro. El juguete era extraño, no puedo describirlo pero se trataba de una bolsa de material plástico, que no existe en este mundo, en forma de raqueta; contenía un mar azul, tan azul que no parecía cierto como el azul de la noche. Cuando el mar se agitaba surgían otros paisajes, de países distintos. El agua que llevaba la bolsa era de mar, tal vez, y los paisajes nunca se repetían, y eran preciosos.

—Soy propietaria de la nube —dijo la más tonta de mis amigas— y es mía. Yo me quedaré hasta que desaparezca.

Lo dijo con tanta seriedad que todo el mundo la creyó.

—Nunca desaparecerá —dijo una señora cubierta de plumas, como si quisiera imitar a los indios.

—Entonces me quedaré para siempre —declaró la niña.

Y quedó para siempre en aquel lugar, que no sé muy bien dónde se encuentra. Nadie lo conoce. Se llama la Nube o se llama Descubrimiento de Otro Mundo; pero nadie sabe dónde está, ni en qué estación aparece. A veces la nube se transforma en un lecho donde cruza el cielo, un lecho rosado y mullido, que no tienen las lluvias ni los temporales, y duerme durante horas hasta que el sol la despierta y ella, ágil como una liebre, salta de su lecho y baja a la tierra; alguien la espera, alguien que no sabemos quién es. Este es el misterio que hay que descubrir. ¿Quién la espera? ¿Un joven hermoso, un perro, un animal feroz? Nunca lo sabremos. Cuando baja y aterriza, me aseguran que oye un gruñido que la asusta. ¿Una nube que gruñe? En los primeros tiempos creyó que sería la tormenta... Una tormenta nunca gruñe. Después empezó a dudar; el gruñido era acaso de una bestia antediluviana. Rápidamente optó por averiguar de dónde provenía. Lo buscó desesperadamente y olvidó los libros que tenía que revisar y recuperar porque le pertenecían, porque ella los había descubierto. Buscó a todas horas, en todas partes, olvidando lo que tenía cerca de su mano. Ya no comía, ni dormía ni descansaba. El mundo ya no era el mismo. Se arrodilló finalmente sobre el pasto e inventó una oración. Cerró los ojos y la dijo noche y día, día y noche, hasta que recuperó la quietud.

Nunca supo cuál era el animal que gruñía. ¿Un lobo, un zorro, un jaguar, un tigre? Como estaba tan cerca de las nubes, no podía distinguirlas. Vistas de cerca, las nubes eran enormes... Nunca supo cuál era la bestia, pero sí que esa bestia la mataría si no abandonaba la nube de su invención. Y ésta es la única verdad de este cuento.

POESIA - CARLOS ARDOHAIN


Piedras.

Piedras en el fondo del mar
aquiescencias insólitas
bordes romos, superficies tersas
texturas direcciones tramas
ni vos ni yo estamos aquí
no somos nosotros los indicados
para evaluar si esto
es una metáfora o una trampa
el agua que nos lava no puede
oficiar de tejido conectivo
el agua no puede
hablar por nosotros
en este lugar el silencio
es perfecto en este lugar
todo está en su lugar
en este silencio
uno puede disolverse
en el tiempo
en esta distancia
que hay entre nosotros
todo puede caber


lunes, julio 14, 2008

Poemas de la era nuclear - Oscar Hann

Poemas de la era nuclear, de Óscar Hahn

Por Eduardo Moga
Letras Libres, Julio de 2008





Poemas de la era nuclear, de Óscar Hahn (Iquique, Chile, 1938), es una antología que recoge poemas escritos entre 1968 y 2001, muchos de ellos inéditos. Su primera sección constituye un vigoroso alegato antibélico, en el que se evoca el horror de Hiroshima y Nagasaki, y se consignan escalofriantes imágenes de la reciente guerra de Iraq. El expresionismo conviene a la naturaleza apocalíptica de lo descrito, pero el grito en que se erigen los poemas es un grito delicado, que hace tolerable la violencia que denuncian. Las piezas se articulan inteligentemente, con pertinentes juegos simbólicos –como la correlación numérica de las primeras, que concluye en la titulada “Reencarnación de los carniceros”, precedida por el número de la bestia, el 666– y airosas gradaciones, como la que compone “En la tumba del soldado desconocido”, que empieza con la alegría que embarga a quienes parten a la guerra y acaba con su muerte y su olvido. Los ecos antiyanquis, empero, no tardan en aparecer, y uno no acaba de entender que la imperfecta pero democrática sociedad estadounidense sea la sociedad denostable por antonomasia, el paradigma del pueblo hipócrita y cruel que inflige dolor al mundo, como parece desprenderse, por ejemplo, de “Familia americana”: “Bombardean Hanoi/ Bombardean Bagdad/ Bombardean Kabul// Pero ellos son piadosos/ y adoptan a los huérfanos”. En otra estimación sesgada, si no torticera, del daño que sufren los seres humanos, Hahn critica con acritud –y con razón– los bombardeos de Iraq, pero el atentado contra las Torres Gemelas sólo es un pretexto para un poema de amor.

La segunda y más breve sección de Poemas de la era nuclear está dedicada a la música. En media docena de poemas, Hahn rinde homenaje a algunos de sus estilos o intérpretes favoritos, como el jazz, Elvis Presley, John Lennon o Kurt Cobain. En dos de las piezas practica un rasgo muy posmoderno: la mezcla de referentes. Así, San Juan de la Cruz escucha a Miles Davis –ambos penan en el calabozo–, o The Eagles y José Asunción Silva –el exquisito poeta colombiano, admirado por Unamuno, que, tras departir con los amigos, se pegó un tiro en la pechera– confluyen en el Hotel California, such a lovely place. Esta convivencia de personajes, asuntos o técnicas disímiles se mantiene a lo largo del poemario: los sonetos consonantes se avecindan con la música pop, y la poesía cortesana se entrelaza con la astronomía: “Las catedrales azules del cielo esplenden en la noche sin fin/ y sus vitrales de colores dejan pasar la luz de otros mundos// Tu locura mi cielo brilla en la noche estelar// De tu frente sin orden/ se alza un arco iris que acaba en mi frente”, leemos en “Hipótesis celeste”.

La tercera sección del libro examina, con irreverencia y humor, los conceptos de la religión. La epífora –“fijensé”– que atraviesa el primero de los poemas que la componen, “Fábula nocturna”, es un buen ejemplo del gusto por la experimentación retórica de Hahn, y de su burbujeo verbal. En Poemas de la era nuclear abundan las repeticiones y los calambures, como manifestación de su inclinación, en ocasiones excesiva, por los juegos de palabras: “Tienen rabia contra el mundo/ Tienen rabia contra el inmundo”, escribe en “Nirvana”; y en “Sociedad de consumo”: “Examinamos el nuevo producto/ anunciado por la televisión// Y de pronto nos miramos a los ojos/ y nos sumimos el uno en el otro// y nos consumimos”.

En esta práctica de lo ingenioso radica lo mejor y también lo peor del libro. Y donde mejor se advierte es en su cuarta sección, la más extensa, dedicada al amor y a sus tribulaciones, que se derraman por una cotidianidad elemental y ardua, encendida por el recuerdo del deseo y la cópula, pero también por la dentellada de la separación y la mortaja del olvido, y salpicada de manchurrones bukowskianos. Hahn acierta a menudo, y obtiene una emoción seca y grande, como en “Muerte de mi madre”: “existir no puede ser algo tan pobre/ como vivir metido adentro de un cuerpo/ que se hace escombros que se hace cenizas…”; o bien poemas crujientes como hogazas, recorridos por una sutileza que no es incompatible con lo coloquial, y que eleva lo insignificante, mediante la metáfora, de su légamo de insignificancia. Sin embargo, Hahn incurre no pocas veces en la obviedad. Algunos poemas son de una simpleza descorazonadora; otros, amorosos, resultan ñoños; otros, en fin, sólo pueden calificarse de fallidos. En “De la naturaleza de Dios”, por ejemplo, escribe: “Dios es una secretaria de pelo largo/ falda ajustada y escote pronunciado/ que cuando se inclina hacia delante/ se le ve la vía láctea”, versos desdichados en los que brillan el anacoluto, el tópico y la vulgaridad. Es la efervescencia lingüística, el voltaje y, a la vez, la delicadeza expresivos lo que evita que sus piezas más críticas e ideológicas se conviertan en propaganda: cuando no se tiene ese cuidado, la poesía desaparece. Así reza –y nunca mejor dicho– el epigrama “La última cena”: “La corrupción se sienta/ sobre los limpios cuerpos/ con servilleta y tenedor y cuchillo”. Hahn parece compartir, en sus peores momentos, la concepción de “la poesía en tejanos” que tanto popularizara en España la poesía de la experiencia, felizmente extinta; una poesía que concede al lector el placer de la nada, correctamente redactada. Así lo confiesa en el título de uno de los poemas, “Ninfas en jeans a la carrera”, y así lo reconoce también Alexandra Domínguez en su entusiasta prólogo: “[Hahn] se apropia de las epopeyas colectivas con el tono que siempre le será propio y que lo distinguirá de sus compañeros de generación, una cierta informalidad, una poesía, para decirlo con sus mismas palabras, ‘que no es de corbata, sino de bluyines’…”

El tono de Poemas de la era nuclear vuelve a subir en su última sección, que investiga en lo interior y se aproxima al delirio, pero sin abandonarse a él. Hahn proclama sus inquietudes existenciales en estos poemas elaborados con dísticos y fervor, sacudidos por calambrazos oníricos y hasta surreales, y no exentos de ironía. En “La muerte es una buena maestra”, las oscuras llamaradas del inconsciente –”un árbol lleno de pájaros muertos”– se mezclan con alusiones al Lázaro bíblico, a los náufragos del Titanic, a la pintura demoníaca de El Bosco, a la suicida Alejandra Pizarnik –”aquí no hubo ni extracción ni piedra ni locura”– y al Ave Fénix, para reconstruir el viaje de la muerte, emprendido ya por todos, temporal o definitivamente, y que atisba también el yo lírico, ingresado en un hospital, cuya sangre manipula un cirujano. La certeza del envejecer y de una nada cada vez más cercana culmina en un último poema, “Mar y cielo”, construido mediante inversiones, que traducen la confusión del ser y su desorden final: “Había pájaros en el fondo del mar/ (…) Había peces en lo alto del cielo/ jibias que nadaban con sus tentáculos sepia…”. A ese cataclismo existencial, no obstante, no se llega sin haber experimentado, en algún fugaz momento cuya razón desconocemos, un sentimiento de fusión con el universo, que nos redime de tanta ruptura y de tanta soledad: “cierra los ojos olvídate del mundo concéntrate en el sitio// donde el espacio de la mente y el espacio del cielo se juntan/ se juntan y se abren a dimensiones inconmensurables/ no hay adentro ni afuera hay algo que no tiene nombre…”.



Artículo recogido desde letras5s
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POEMAS DE LA ERA NUCLEAR (ANTOLOGIA 1961-2008.)de HAHN, OSCAR
Editorial: BARTLEBY EDITORES, S.L.
ISBN: 9788495408846
Nº Edición:1ª Año de edición:2008
Plaza edición: MADRID



Óscar Hahn es hoy uno de los grandes y necesarios poetas de Chile, lo que equivale a decir de la lengua española y la poesía contemporánea. Su poesía, ya integrada en el coro de las voces mayores de nuestro tiempo, es un viaje a las zonas desapaercibidas de lo real, un descubrimiento de segemntos no explorados hasta ahora por la conciencia poética, el enunciado que asume la contradicción, la heterodoxia que incorpora lo clásico y el desafío imaginativo, la erudición y lo coloquial, el conflicto que convive sin conflicto en la revelación que sólo la oesía es capaz de mostrarnos.Poemas de la era nuclear, antología que recoge poemas escritos entre 1961 y 2008, en buena parte inéditos, muestra ese interés permanente de Óscar Hahn por insertar el yo y su circunstancia en un mundo contemporáneo marcado por la prevalencia de los conflictos bélicos, la amenaza armamentista y la eclosión de las nuevas tecnologías

POESIA VISUAL - PAULA FERRARESI




Paula Ferraresi
De la serie "Palabras en quiebra"
2006

viernes, julio 11, 2008

ARTE EN LAS CALLES - BANKSY




Tras las huellas de Banksy.

El grafitero más famoso del mundo sigue siendo anónimo

Hace dos semanas, en una subasta londinense, alguien pagó más de 300.000 euros por el mural de un grafitero en el que unos monos con un cartel al cuello se ríen de los tontos seres humanos; días antes, alguien había pujado en Internet con 270.000 euros por un dibujo estampado por las buenas en una pared de Londres. El precio no incluía ni la extracción de la pintura del muro ni la reposición de la pared del (afortunado) dueño de la casa en cuestión.

El autor de las dos obras era el mismo: Banksy, el grafitero enigmático, el más famoso del mundo, el más cotizado, criticado, admirado, perseguido y comentado. También el más misterioso, escurridizo y silencioso. Ha llenado de sus pinturas el muro de Gaza; ha entrado subrepticiamente -disfrazado con barbas postizas, sombrero y gabardina de exhibicionista de chiste- en los más grandes museos del mundo para colgar obras suyas llenas de un humor cachondo al lado de cuadros venerables; ha pintado sobre cerdos y elefantes de verdad; ha hecho exposiciones multitudinarias en Los Ángeles; ha vendido cuadros a Brad Pitt y Angelina Jolie...

Pero nadie fuera de su círculo de amigos sabe con certeza su nombre verdadero, ni la forma de su cara, ni su estatura, ni su biografía, ni la cuantía de su fortuna (si es que tiene) ni su lugar de residencia o su número de teléfono o de fax. En Bristol, la ciudad en la que nació (aunque no se sabe en qué barrio), la mayoría de los jóvenes le adoran; la policía, en cambio, le considera un gamberro. Él se ha autodefinido como "vándalo profesional". Los turistas hacen tantas fotografías de sus dibujos callejeros como de los barcos del puerto; su libro se encuentra entre las camisetas y las catedrales de miniatura en las tiendas de recuerdos; a los empleados de la limpieza de los vagones de los trenes de esta ciudad les entregaron el año pasado una guía de arte grafitero para que aprendieran a identificar sus pintadas y conservarlas.

¿Quién es Banksy?

La camarera del pub nocturno de la calle Frogmore saca la basura a las dos de la tarde y la deja en un cubo enorme que hay en un callejón delimitado por un puente y la pared lateral del edificio, de cinco pisos. A la altura del tercero, más o menos, hay un gran dibujo: un hombre en chaqueta se asoma por la ventana y mira a lo lejos buscando a alguien mientras una mujer (su mujer, probablemente), en ropa interior, le sujeta por el hombro tratando de calmarle; agarrado al marco de la ventana con una mano, a lo largo de la pared, se encuentra el amante, un tipo calvo y desnudo. Unos metros más abajo, al lado del cubo de la basura que ahora cierra la chica del pub, se descubre la firma del autor: Banksy.

Para pintar esto necesitó un andamio de obra. Lo confirma la chica, que prefiere no dar su nombre. Con una sonrisa, también asegura que el andamio estuvo dos días colocado pero que ni ella ni sus colegas del pub se enteraron de para qué servía. Que no preguntaron... Que Banksy lo pintó de madrugada... que se lo encontraron por la mañana... que...

-¿Y usted lo vio? ¿Usted lo conoce? ¿Usted conoce a Banksy?

La chica vuelve a sonreír, con ironía. Y dice, con una voz cantarina, como si no quisiera que se la creyera del todo:

-Nadie conoce a Banksy. Ni en Bristol ni en ningún lugar.

El dibujo, pintado hace dos años, desató la polémica en esta ciudad. La elección del emplazamiento no era casual: el edificio, además del bar en la planta baja, alberga una clínica de enfermedades sexuales y unas dependencias municipales. Además da de frente a la sede principal del Ayuntamiento. Era una suerte de desafío. Algo así como "Atrévete a borrarlo". La prensa local, más o menos devota del grafitero, dio la noticia de la aparición de la pintura. Algunos querían que se borrara; otros, no. El Ayuntamiento decidió convocar una consulta popular. Más de 500 personas participaron. El 95% votó por Banksy. Se quedó. Por aclamación popular. En el sitio elegido por el artista anónimo. No sin que un concejal del partido conservador, Spud Murphy, se echara las manos a la cabeza: "Esto es delirante. Este Ayuntamiento se ha vuelto loco".

-Nadie conoce a Banksy -repite la camarera-. Nadie sabe quién es y por qué pintó esto aquí.

Lo que sí se sabe: Banksy es rubio, alto, viste la ropa típica del grafitero amante del hip-hop; tiene unos 35 años; desde muy joven formó parte de la vivísima cultura de la pintura callejera de Bristol, tal vez junto a Birmingham, la más talentosa de todo el Reino Unido. Comenzó empleando la técnica del spray aplicado directamente a la pared. Pero una noche decidió cambiar. Él lo explica en un libro suyo, Wall and piece (Muro y pieza): "Estábamos poniendo 'SIEMPRE LLEGA TARDE' en el vagón de pasajeros de un tren. De repente llegó la policía y salimos corriendo. Pero yo me arañé con las espinas de un arbusto y no me dio tiempo a llegar a nuestro coche. Mis amigos se fueron. Yo me escondí debajo de un camión de basura. El motor estaba a la altura de mi cara: un hilillo de aceite se filtraba y me caía en la cabeza. Estuve así durante una hora, mientras oía a los polis andando por los raíles, buscándonos. Decidí cambiar de táctica o dejarlo: tenía que tardar menos tiempo en pintar. Entonces vi que el tanque del motor del camión tenía letras pintadas con una plantilla. Yo podía hacer lo mismo con letras mucho más grandes".

Desde esa noche, Banksy hace plantillas con cartones que coloca en la pared y que luego rocía con el spray de pintura de coches. Es simple, directo, rápido e impactante.

Primeramente se dedicó a llenar las calles y parques de Bristol con ratas de espíritu crítico y burlón que hacían de todo: rodar a los transeúntes con cámaras, oír música, bailar, volar, romper con tenazas imaginarias candados de puertas de verdad... Se integraban en el paisaje urbano (en los buzones, en las alcantarillas, en las trampillas, en los pomos de las puertas) para reírse de él, para criticar los carteles que prohibían esto o lo otro...

Había nacido Banksy.

La policía los borraba en cuanto los encontraba. Como hacía con los otros grafiteros de la ciudad, por otra parte.

En 2000 organiza su primera exposición, en un restaurante-barco llamado Severnshed. Después se mudó a Londres, ciudad que también llenó de dibujos, y viajó a Los Ángeles, San Francisco o Barcelona. Su fama y su cotización creció. Los admiradores locales que compraron en Severnshed obras suyas por 100 libras las revenden ahora por 30.000.

El restaurante todavía existe. Aún organiza exposiciones. Pero ninguno de los camareros de entonces sigue. Porque ésa es otra: la pista de Banksy se desvanece a cada paso. Cerca, hay otro barco-pub, el Thekla, que mantiene en la línea de flotación una pintura que el grafitero hizo hace años una noche montado en una barquita. Sin mebargo, nadie en el barco-pub sabe (o dice saber) nada sobre él.

Hay una mujer que sí lo conoció. Se llama Susie, ronda los 50 años, le gusta mucho la pintura, pero habla con pereza, prefiere no dar su apellido y trabaja en la tienda del centro de arte contemporáneo Arnolfini. "Hace muchos años, cuando él era casi adolescente, pasó una noche en casa y nos intercambiamos retratos. Él me hizo uno a mí y yo otro a él. Era un tipo majo, normal, simpático. Tampoco es que yo le considere el mejor grafitero. Creo que Bristol ha dado mejores. Pero sabe darse publicidad".

¿Y venderá alguna vez el dibujo?

-No creo. ¿Sabe? No hay que mezclar el arte y el dinero. No van bien juntos.

Susie, con su falta de ganas para responder, da en el clavo. Con Banksy, tal vez a pesar de él o tal vez no, es muy difícil separar el dinero y la pintura: van juntos hasta límites estúpidos. En un reportaje publicado por la revista New Yorker en mayo de 2007 se afirma que un día, en Los Ángeles, Banksy tiró unos restos de pizza al cubo de la basura de la calle y que alguien los recogió y los subastó en eBay. La parte de pizza, con anchoa incluida, que el grafitero antisistema desechó la vendió el muy prosistema subastador por 102 dólares.

"No es su culpa", explica el periodista Christopher Warren, que conoció a Banksy hace unos años. "Es una paradoja: los que él critica en sus pinturas le recompensan adorándole. ¿Y él qué puede hacer?".

El experto en arte y redactor de la revista Venue Steve Wright, es probablemente la persona de Bristol que más sabe de Banksy fuera de su círculo cerrado de amigos. Ha publicado recientemente el libro Home, sweet home, dedicado al grafitero. Se entrevistó con muchas personas y le siguió los pasos de cerca. Pero no logró dar con él.

"Para mí sigue siendo un genuino elemento antisistema", manifiesta Wright. "No sé si es millonario. Creo que no: los que ganan miles de libras son los que compran y venden y revenden sus obras: los inversores. Lo que sí sé es que él podría ser rico si quisiera. Y en Internet (picturesonwalls.com) ofrece grabados a 500 libras. Sigue creyendo en el arte accesible. ¿Hay algo más democrático que pintar en la calle para que lo vea todo el mundo?".

Y añade: "Usa el anonimato para seguir haciendo lo que hace sin que le pille la policía. Aunque también le da un punto de misterio que le reporta fama. A él le gusta ser anónimo, y le cuesta, tratándose de quién es. Debe de llevar una vida un tanto extraña".

Todo en Banksy invita un poco a la esquizofrenia. Él ha escrito: "A los que gobiernan las ciudades no le gustan los grafitis porque piensan que nada debe existir a menos que dé un beneficio". Pero es precisamente lo contrario: el Ayuntamiento de Londres, que asegura que su trabajo no consiste en diferenciar el arte del gamberrismo, manifestó recientemente que está dispuesto a borrar la treintena de grafitis de Banksy en esta ciudad aunque valgan miles de libras (a pesar del autor).

Por su parte, el Ayuntamiento de Bristol reconoce que hay grafitis que pueden considerarse arte y otros no y que Banksy se ha ganado una reputación internacional. Como en el caso de los ferrocarriles, si el dibujo callejero es de Banksy se queda, pero si no... se borra.

En octubre apareció su última obra en Bristol. Un policía con pinta de hombre de Harrelson, de rodillas, apunta su fusil mientras un niño, a su espalda, va a explotar una bolsa de papel para asustarle. Banksy lo pintó en la pared de una casa perteneciente a una institución de caridad: The Wallace and Gromit children's fundation. "Lo hizo de noche, subido al tejado. Una mañana, cuando entramos a trabajar, estaba allí", dice Laura, una empleada, con la misma sonrisa admirada que la chica del pub de Frogmore. "Nuestro director se había puesto en contacto con él por e-mail pidiéndole un cuadro, y mira".

Algunos compañeros le consideran un vendido. Otros opinan que sigue siendo el mismo que ensuciaba trenes con "SIEMPRE TARDE". Aunque todos son conscientes de que ha creado un personaje a la altura del antifaz, un Robin Hood al revés, que pinta para los pobres, pero al que compran los ricos.

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ARTICULO PUBLICADO EN EL PAIS

miércoles, julio 09, 2008

NARRATIVA - JORGE JIMENEZ

Jorge Jiménez, chileno, ingeniero al que un día le dió por escribir, participa hoy en nuestro espacio de narrativa.



La Soñadora

Soy una soñadora. Al estar despierta no disfruto plenamente de mis sueños, porque sé que sólo son sueños. Al estar dormida, no aprovecho completamente mis sueños, porque no sé que son sueños.

Descubrí ese estado intermedio, ese punto en que los sueños son realidades turbias, pero realidades al fin y al cabo. Ya no recuerdo cuánto tiempo llevo en este estado, pueden ser horas desde que sueño realidades. Pueden ser semanas y hasta años los que me han mantenido en estado de coma, soportando la tentación de apagar las máquinas sólo gracias a mi floreciente juventud, a mi virginal belleza, cual bella durmiente en espera de su soñado príncipe transparente.

Pero si han pasado ya años, entonces mi juventud ha desaparecido y no se muestra más usando aquella belleza juvenil que fascinaba a quienes me miraban, lo que significa que en cualquier momento van a desconectar las máquinas que me mantienen viva, junto a mis sueños. Debo despertar, debo volver a la triste realidad de los sueños que son sólo sueños y a las horas de dormir sueños que no sé que son sueños. ¿Podré acostumbrarme a ese mundo nuevamente? Será horrible, pero siempre sabré que puedo volver a caer acá, o mejor dicho, a subir hasta acá.

Un esfuerzo que en el mundo de los sueños parece infinito, pero que al abrir los párpados de la realidad se muestra con toda su insignificancia.

La fría voz llega desde el frente. “Repitan conmigo: un acre es el área de un rectángulo, cuyos lados miden una cadena y ...”

Algo en mi interior me dice que pronto tendré que decidir por alguno de mis mundos, los sueños irreales o los sueños que no se pueden disfrutar. El período de los cambios físicos, esos que nunca pedí que sucedieran, marcará también el momento en que todos esos sueños chocarán, se harán trizas, y mi vida completa dependerá de cuáles serán los trozos que mejor sobrevivan al impacto.

Secretamente espero que el choque sea tan, pero tan fuerte, que los trozos se fundan y resulten en sueños de mi mundo intermedio, esas realidades turbias que tanto me gustan. Sé que la vida de adulta no puede ser así, sé que eso es pedir mucho, que es sólo un sueño, pero recuerden que soy una soñadora.

Jorge Jiménez - Jota

lunes, julio 07, 2008

POESIA - DEL POEMARIO "VIAJE INESPERADO"



Poema de Javier Martín Pedrós y Natalia Gaete



Llegué como todos los jueves

a la casa de la esperanza,

jugaban como niños

hambrientos de luz.

Extendían sus brazos

buscando respuestas

y caricias de colores

que abrigaran el porvenir.

Ahora,

canto a la vida por la forma

que das de comer a las palomas,

por la lluvia que produce

tus lágrimas.

Y me estremezco

caminando a tu lado.

Veo en tus ojos

color cielo

miles de estrellas

albergando mis sueños.


Fotografía by Gaete

DEJEN QUE LA PALABRA LES BUSQUE

Al Rihla (El viaje) supone un itinerario por los principales lugares de espiritualidad que su autor (Luis Luna, 1975) ha recorrido. Sin intenciones descriptivas, el poemario pretende ser, más bien, una exteriorización de aquello que persiste cuando se ha superado toda religión y se analiza sólo el componente espiritual inherente a toda civilización. El extranjero da cabida al silencio como sonido necesario. No es lo que está escrito en el papel. Estamos ante la disolución sufí.



Luis Luna (Madrid, 1975) acaba de publicar Al-Rihla (El viaje) en la colección Helado de Mamey de Ediciones Amargord: un itinerario por los principales lugares de espiritualidad recorridos por el poeta.

El libro arranca con una cita de Avempace dedicada a los solitarios que los sufíes designan con el nombre de extranjeros, ya que aunque vivan en sus propios países o entre sus compañeros y vecinos, en realidad son extranjeros en sus ideas, pues se han marchado con sus pensamientos (…) que para ellos son sus patrias.

Sin intenciones descriptivas, Al-Rihla pretende ser, más bien, una exteriorización de aquello que persiste cuando se ha superado toda religión y se analiza sólo el componente espiritual inherente a toda civilización: ese impulso de unión con un Todo intuido a través de la naturaleza, de las distintas tradiciones, de los documentos literarios y artísticos. A partir de ese bagaje, del paseo como ritual místico el autor levanta un andamiaje textual conducente a la disolución.

Para alcanzar ese estado de vacuidad el lenguaje se va haciendo cada vez más denso, más intrincado y, a la vez, más despojado. Se rechaza todo artificio, dando entrada al silencio como parte fundamental, como sonido necesario.

El viaje

El libro arranca Extramuros a través de un viaje que se adentra en Siria. Sucesivas paradas en el Zoco “La palabra esperada/ derrota/ la experiencia/ perfila los matices/ delimita sus sombras”, La Gran Mezquita de los Omeyas: Aquí/ la luz/ recibe nombres/ que exceden/ el lenguaje y el Desierto (Traza/ sobre la arena/ palabras/ para que sólo el viento/ las pronuncie).

Derviches ahonda en la fuerza del círculo - Dejen que la palabra/ les busque/y les penetre/ que sea ella/ quien inicie su giro-. Para encontrar su lugar en el Éufrates: El discurso de todo lo que fluye/ se olvida y se disgrega/ en el lecho del río. En Meteora escucha el lenguaje de la cera (descubre ese murmullo/ de la llama y el aire./ Su cifrada sintaxis).

Prosigue Al-Rihla en “Mensajes en el muro”: Introduce/ un pequeño fragmento/ de papel/ en el muro/ como homenaje al intersticio; Kyos “Las campanas predican la memoria. Cada vibración, cada movimiento propicia un nuevo entorno que se interna despacio en cada cuerpo y lo conmueve. Es esa su armonía". Culmina en Montserrat: La certeza no buscas. Ni el centro, ni la linde. Dejas que el nombre tuyo en la mirada se diluya. Cuando todo el silencio ha sido asimilado lo exterior deja de tener sentido, ya no hay alrededor sino que, de algún modo todo está dentro, intramuros.

Una vez allí puede contemplarse el Todo y la parte, y en esa escisión comprender la juntura, la sensación de re-unión experimentada y vivida sin subterfugios, expresada, como dirían los sufíes, a través del lenguaje y la gramática, de ese collar de la paloma que representa cada serie, cada texto.

Entonces el lenguaje/ Las sílabas de la calcinación.



Luis Luna (Madrid, 1975). Su obra se desarrolla tanto en gallego como en castellano. Junto a Óscar Curieses ha publicado los poemarios Hidroemas (2000) e Ignicións (2002) en la editorial Acef. En castellano ha publicado Cuaderno del Guardabosque (Amargord, 2007). Su obra ha sido recogida también en numerosas publicaciones periódicas y aparece en libros colectivos y antologías como salida de emergencia o Todo es poesía menos la poesía. Interesado en el campo visual –especialmente el mail-art y las instalaciones en la naturaleza-, ha podido mostrar sus propuestas en eventos como la I Bienal de Arte Contemporáneo Cabo de Gata-Níjar (Almería). Ha organizado algunos espectáculos escénicos y participado en numerosos proyectos interdisciplinares junto a otros creadores como Concha Jerez, Guillermo Rodríguez, Aleksandra Mir, María Vielva o Carlos de Gredos y colectivos como Máquinas de coser o nosomoscómodos producciones.


Poemas pertenecientes a Al-Rihla de Luis Luna (Colección Helado de Mamey, Ediciones Amargord)

Traza
líneas en el aire.
Estudia
la arquitectura
de su soledad.



Contemplo dos muchachos
que ríen bajo el sol.
Ellos no saben
de los símbolos de la divinidad
del lenguaje que escribe el sudor en su cuerpo.



Aquí
la luz
recibe nombres
que exceden
el lenguaje.



Donde nací
el agua
impone nombres.
La arena que ahora toco
otorga identidad.



En cantos verticales
la piedra
recita su plegaria.
Se yergue
hacia la transparencia.



Desde esa perspectiva
el muro
no es lugar
sino un estado
nacido en la ceguera.



Reconocerse ahí: en el brazo o la piedra, en el tacto difuso y su estremecimiento. Y no decirlo nunca. Dejar sólo que sea.



Florece ahí sobre el resuello y la animalidad, sobre el grito y la podre, sobre la indiferencia. Y no digas lo frágil. Ni la luz. Que el velo continúe.




Al-Rihla (El viaje)
Luis Luna
Diseño y maquetación: María Trueba
Fotografía de portada: Rosario Alba
Fotografía de solapa: Guillermo Rodríguez
Colección: Helado de Mamey
Director de colección: Francisco J. Sevilla
Ediciones Amargord
ISBN: 978-84-87302-75-6


Gentileza de Noticias editoriales de Ediciones Amargord

POESIA VISUAL - Poemas de lluvia


Poemas de lluvia
Lorraine Green
Argentina

martes, junio 10, 2008

NARRATIVA - EL SEÑOR GARDINER EN PARIS


Va la entrega de los capítulos finales de la novela, gracias infinitas a Jardinero de las nubes por habernos regalado con su trabajo literario.











El señor Gardiner en París (IX)

Comenzaste tu incansable búsqueda de amigos. No era nada sencillo, así de pronto. Veías grupos de amigos y amigas sentados en las terrazas primaverales de los cafés, y te consumían las ganas de integrarte entre ellos. Pero un nudo en tu corazón te impedía hallar las palabras adecuadas para que no te tomaran por un lunático; cuando se ha estado toda la vida punto menos que aislado, el lenguaje se distorsiona, se empobrece, se vuelve torpe como quien intenta caminar sobre una superficie de hielo... La angustia te apretaba el corazón como entre tenazas. Grupos alegres de gente: chicas jóvenes dialogando con chicos jóvenes, aunque algo mayores que ellas. Y tú moviéndote por sus proximidades como un espectro de Navidad. Tú no tenías aptitudes sociales ni vis cómica para atraerte las simpatías de nadie. Encima sólo conocías el francés imprescindible, y así no había manera de acertar a desvelar la hondura de tus pensamientos. Te fuiste a la Biblioteca Nacional, y empezaste a devorar libros sin orden ni concierto, sin que lograras enterarte ni tan siquiera de una cuarta parte de sus contenidos. Sabías tocar, eso sí, la armónica como un auténtico virtuoso; pero por lo demás tu carencia cultural era mayúscula. Pensabas cosas y no sabías trasladarlas al lenguaje hablado, ya fuera en inglés, tu lengua vernácula, o en francés. De lo que verdaderamente tenías certeza era de que la soledad te resultaba amarga y que no podrías vivir así mucho tiempo. Pensaste en Emaús, pero no creíste que allí se encontrara en último término la solución a tus cuitas. Y pensaste en el Père Lachaise, y exhumaste un recuerdo que hacía mucho tiempo que inhumaste en una de las numerosas tumbas de la necrópolis: el recuerdo de un rostro femenino de la lejana ciudad de Denver. Y pareció como si tu corazón volviera a renacer. Adiós a los hielos del averno, y bienvenidas sean las yemas de los días de juventud. ¿Cómo desechar el recuerdo de Carol?... Aun así estimaste tu deber desecharlo... ¡Pero no!... Ella otra vez en tu vida, inevitablemente.

Y esta vez la tuviste en la mente durante tus sueños y tu despertar. Pero, después de todo, necesitabas rodearte de personas con las que amortiguar los devastadores efectos de tu soledad. Buscaste la amistad sin desfallecer..., con resultados vanos.

Como observaras que nadie quería ser tu amigo, diste en pensar que el motivo de ello radicaba en tu estrafalario atuendo. ¡Acertaste en el centro de la diana! En un mundo en el que imperan las apariencias, no se puede ir vestido de forma que resulte violenta a la vista. Te acercaste a una tienda de uno de los numerosos sastres de París, y allí acabaste con tu imagen de siempre. En una peluquería de alto postín dieron otro lustre a tu rostro; te hicieron olvidar cómo estabas sin barba y te dejaron el cabello corto y bien peinado. Alquilaste una limusina, y fuiste a los lugares de distinción. Hiciste alardes de gran millonario y hombre mundano, y la cosa fue más allá de lo que tú esperabas... ¡Cuántas multitudes se congregan al olor del dinero! ¡Lo que un simple cambio de imagen puede llegar a obrar! ¿Era esto lo que tanto anhelabas en tus ratos de soledad? Luces deslumbrantes, mujeres de belleza indescriptible, trajes de etiqueta, caviar, champán, exquisitos manjares, delicados perfumes... y amistad. En la opulencia se encuentra la amistad, eso pensaste entonces. Los primeros días te dejaste arrastrar por la vorágine de tu nueva vida. Fuiste seducido por mujeres que te hicieron olvidar momentáneamente a Carol. Asististe a fiestas, a espectáculos, a la Ópera, a exposiciones... Y aún así caminabas sediento por la vida. ¿Sabrías tú lo que andabas buscando?

El señor Gardiner en París (X)

Un buen día quisiste respirar aire fresco. Te acordaste de Emaús, y algo te indujo a encaminarte allá. Una vez que apareciste por el piadoso lugar, muchos se quedaron boquiabiertos al reparar en tu aseado aspecto y en tu pulcro traje de etiqueta. Y te sentiste abochornado. ¡Qué paradójico! Antes te miraban esquinadamente por tu pinta de pordiosero, y ahora lo hacían por tu pinta de millonario... He aquí que te topaste con un anciano de luenga barba gris, que te miraba con los ojos salidos de órbita, y le interpelaste:

–¿Le gustan mis prendas, señor?

Él soltó un gargajo amarillento, y lo extendió por el suelo con la suela de sus gastados zapatos. Enseguida te respondió:

–Claro que me gustan... Pero aquí, en Emaús, no tenemos dinero para vestir así.

–Entonces cámbieme mis ropas por las suyas. Hará un buen negocio. –«Y yo lo haré mejor», te dijiste para tus adentros.

Al poco volvías a vestir pobremente. Si hubieras tenido la barba y el cabello más crecidos, hubieras sido el de antes. Sin saber cómo, te sentiste un poco más feliz. Apareciste junto al abate Pierre, en el despacho de éste, con el rostro radiante y el gesto menos avinagrado.

–Hijo mío, ha pasado muchísimo tiempo. Si no me dices que tú eras aquel joven generoso a quien me encontré una vez en el Père Lachaise, no te hubiera reconocido.

Todo en el despacho era humilde. Te sentaste sobre una modesta y carcomida silla de madera de abedul. Y la emoción se apoderó de ti por completo.

–¿Qué quieres de nosotros, hijo mío?

Sacaste a la luz tu armónica, y dijiste:

–Quiero tocar para usted.

Mientras interpretabas por enésima vez el Movimiento II Largo de la Sinfonía nº 9 “Del Nuevo Mundo” de Antonín Dvorák, te apercibiste de que los ojos del sacerdote se cubrían de lágrimas, y eso mismo te sucedió a ti. Cuando acabaste, él te dijo:

–Con tu música me hablas de lo que ha sido tu vida, y también de lo que ha sido la mía... Me alegro mucho de tenerte aquí.

El abate Pierre había envejecido una barbaridad: tenía el rostro devorado por una larga barba blanca, y delante de sus ojos (piadosos, conmovidos) tenía unas gafas de montura barata. Estaba delgado, puesto que debería de comer sólo lo imprescindible para atender a las funciones vitales de su organismo. Era un anciano con un alma joven, pues así son las almas de quienes se entregan a los demás.

–¿Vienes a quedarte con nosotros?

Tú meneaste la cabeza, y respondiste:

–Yo no soy para estar en parte alguna.

–¿Qué necesitas, pues?

Tu imaginación respondió antes que tu boca. Una sonrisa de joven norteamericana, flotando por encima de las copas de las sóforas del Japón. Una piel tan blanca como los tulipanes de Holanda. Un sueño de hermosa realidad.

–Han pasado muchos, muchísimos años, y aún no la has olvidado –observó el abate Pierre, al término de tu explicación.

–Eso parece –respondiste lacónico.

–¿Has hecho por saber que ella?

Negaste con la cabeza.

–Entonces, ¿por qué no regresas a los Estados Unidos e intentas indagar algo sobre su vida de todos estos años?

Aquí te mostraste enérgico al responder:

–América nunca ha sido ni será mi tierra de promisión. Está decidido: no quiero volver allá.

El abate Pierre sacudió la cabeza, al tiempo que decía:

–Eres un caso... Estás repleto de contradicciones. Tienes dinero; por lo menos podrías contratar los servicios de un detective privado para que obtuviera informes sobre esa mujer. Sin duda se habrá casado y será madre de algunos hijos hermosos.

El corazón te dio una encogida..., algo placentera, algo desoladora.

–Sí, apreciado sacerdote, es posible que sea una madre rolliza y feliz... En cuanto a lo del detective, prefiero averiguar las cosas por mí mismo.

–Extraña filosofía la tuya.

–Cuando se ha estado tanto tiempo alejado de los demás, no se puede ser como los demás –aseveraste con auténtico empaque de filósofo.

–Entonces deberás proseguir tu búsqueda con la menor de las esperanzas –comentó el abate Pierre–. Nadie sino Dios te puede ayudar... Ruégale a Dios.

Una alondra comenzó a piar dulcemente en el arbolito que había fuera de la ventana del despacho... ¿Acaso sería esto una respuesta?... Lo cierto es que experimentaste una querencia de cantos de aves y de cielos perpetuamente azules. La lluvia había dejado de inspirarte. En tu mocedad viste a Carol bajo el dosel de un cielo azul, y ahora sentías aborrecimiento de las nubes... Le preguntaste al abate Pierre:

–¿Cuál es el país de Europa donde el sol luce sereno la mayor parte del año?

El sacerdote te miró pensativamente, y luego dijo:

–Italia... y también España... ¿A qué viene tu pregunta?

Por toda respuesta, sacaste tu talonario y extendiste un cheque por valor de muchos millones. Luego se lo tendiste al abate Pierre, diciéndole:

–Probablemente no volvamos a vernos. Un ave solitaria como yo tiene que encontrar su nido de una vez por todas. En París ya no tengo dónde cobijarme.

–Que Dios vaya contigo, hijo mío –te deseó el abate Pierre, sin antes haber leído la cifra que figuraba en el cheque (un motivo más para que siempre te recordara).

Te fuiste a la estación de Montparnasse para pillar el primer tren que te sacara de Francia. Pronto la Ciudad de las Luces no quedó más que en tu recuerdo. Como las aves migratorias, emprendías viaje a los países meridionales, porque meridionales eran los pensamientos que conservabas en relación a Carol.


FIN

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EL SEÑOR GARDINER EN PARIS

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