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viernes, septiembre 07, 2007

SENTIDOS Y NOSTALGIAS por Moscugat (Taller)


Cuando vine a vivir al centro de la capital nunca imaginé que podía llegar a disfrutar de una paz y una quietud dignos del más íntegro de los silencios. Con anterioridad viví durante largos meses en casa de mi padre, en plena ebullición de un pueblo costero universalmente conocido. Allí, dormía en una habitación cuya ventana venía a dar al aledaño de una carretera principal, nervio éste que sopesaba el devenir de cientos de miles de vehículos al cabo de un día. Al alcance de la vista tenía otras ventanas similares a la mía que pertenecían a un edificio de apartamentos y estudios, por lo que me veía obligado a tener la persiana casi en su totalidad echada, ya fuese verano o invierno, para mantener una privacidad similar a la que se sometían mis congéneres.


Con el paso de los días creí habitar en el cuenco de un ojo perezoso o incluso ciego, es decir, que mis sentidos se centraban en imaginar lo que oía llegar desde la rúa, el olor a gasolina quemada, cada grito, cada rugido de motor, el silbido del viento que acostumbra a soplar por Torremolinos… todo ello era imaginado y mezclado en tinturas de memoria donde se recreaban en mi imaginación los recovecos de insignes aventuras. Tenía por costumbre, y la sigo teniendo, dormir bien entrada la madrugada, cosa que no me ha abandonado aún desde allende los tiempos en que me inicié en este tortuoso camino de la escritura y que ya me acompaña sin la ambición de un principio de llegar al punto de lectura de otros lectores como yo. Durante las madrugadas acompañaba mis nuevos versos el maullido de los gatos que de seguro pateaban las calles con dignidad principesca en busca de los manjares que los vecinos de la zona le dispensaban en un callejón cercano.


Las noches me provocaban efluvios imaginarios que la ceguera me privaba degustar para que los sentidos se sintieran completos. Y la imaginación desbordaba en un sinfín de alboronías abigarradas. Cuando ya todos dormían, cuando yo decidía entonces descansar al amparo de Morfeo, subía la persiana y el aire, que ya no llevaba en sus lomos los regustos de la gasolina quemada, incrustaba en mis fosas nasales los efluvios del salitre del mar y así ensoñaba con el paraíso que permitiera mi descanso y mi sueño, hasta que lograba dormir.


Ahora vivo, como dije, en pleno casco urbano y, a pesar de lo contradictorio que pudiera parecer, el sórdido silencio opaca el contraste de la libertad de tener el párpado de la persiana permanentemente abierto, desde donde se divisa el cenit de una vieja capilla bicentenaria, el repiqueteo de las campanadas cuando doblan puntuales y en sus cuartos; un cielo límpido unas veces y otras anaranjado cuando hay calima, así como amoratado de noche cuando la pólvora que lleva las nubes en sus lomos va con pretensiones de deflagrar, dejándose morir desangradas sobre todo mortal; y un edificio viejo, deshabitado y abandonado donde habita el silencio unas veces, otras unos felinos que me brindan los efluvios de tiempos pasados, a los que de cuando en cuando observo y me permiten rememorar versos de antaño y hogaño que, aun teniendo relativamente lejos el mar, me permiten oler a salitre cada vez que les oigo maullar, como si el rubor de las olas al quebrarse sobre la orilla escapasen de sus gargantas para ir a parar a la memoria de mis oídos y, por extensión, de mi olfato.

jueves, septiembre 06, 2007

Horizontes Abiertos (Taller) Manuel Canteros


Por el blog o por correo personal habéis deseado que me cambien de habitación y que pueda tener unas vistas mejores que las de mis dos ventanales. He invitado a Eric Grohe, el gran transformador de muros pelados en paisajes profundos y bellos. Y ha abierto ante mí unos horizontes maravillosos.
Hoy me asomo y mi pared blanca se ha llenado de colores en tres dimensiones. A dos metros de mis ojos y hacia mi derecha, se abre una amplia avenida donde hay coches que no contaminan, rascacielos donde los vecinos se saludan, parterres de flores variopintas, y rostros humanos conocidos: poetas que dibujan en palabras sus encajes de bolillos y vuelcan sus vivencias inmateriales. Mujeres y hombres, jóvenes y mayores, que van o vienen sin prisas, como regodeados en su pacífico deambular. Mil detalles de buen gusto en escaparates, conversaciones, librerías y comercios de souvenir.Ahí, al frente, una fuente que mana justicia, unos hilos cristalinos, sencillos, como de amantes que confluyen limpios en un solo punto, y un chorro alto que trata de enfocar el Cielo como un dedo que señala hacia la altura.
Un poco perdiéndose ya por la izquierda, una castiza calleja llena de macetas y flores de mil colores... Las hay rosas reventonas de amor, sencillas violetas de bondad, pensamientos que evocan que lo humano es más que instinto; geranios cruzados con predominio rosado, donde se advierte el encuentro de dos que se han hecho una sola vida y así permanecen siempre felices. Brotando del revoco de una pared o asomándose por un tejado, florecillas silvestres que hablan de la fuerza de la vida, de una naturaleza que rompe los esquemas racionales y gritan en verde y amarillo la fuerza de una creación que no ha salido de la nada.
Me emborracho de sonidos, colores, filigranas estéticas de mil sabores en los que gozan mis sentidos. Un pájaro cruza el horizonte con su trino armonioso, al que le hace coro la algarabía de la bandada. Sí: ahí en lo alto de mi muro colorista, casi saliéndose ya hacia las alturas.Y podría seguir narrando y perdería el sentido del espacio y del tiempo, absorto en esta sinfonía que percibo: mis ventanales se han abierto y dentro de mi sueño hay una luz que desborda, unas profundidades que aturden... Ya no necesito la bombilla encendida. Me asomo a esa visión y cierro los ojos para observar cumbres mayores que el Himalaya, nevadas de blanco perenne y chorreando cascadas de agua limpia que bulle y alimenta. A distancia, mares extensos que no tienen línea de horizonte porque siempre cabe otro más allá.
Veo..., siento..., vivo... ¿qué podría deciros? Estáis vosotros: Chile, Argentina, Nicaragua, España con sus regiones variadas, diversas en sentimientos y geografía.
Veo nubes y cielos despejados. Y hasta en los días de tormenta y por encima de los nubarrones, el cielo sigue siempre azul.

Mis ventanas. Marisa Serrano (Taller).



Orientado al este, observo un gran ventanal generoso, que me regala todos los días los rayos del sol recién nacidos


Cuando me asomo veo una calle ancha y larga con un bulevar en el centro, sembrado de musgo verde y cuidado diligentemente por operarios del Ayuntamiento, que siempre luce las flores propias de temporada. Completa el conjunto unos arbustos podados, en forma de esferas,. Este alargado jardincillo tiene el propósito de separar la intensa circulación de ida y vuelta, de los numerosos coches y autobuses, que transitan rumbo a la zona sur de Madrid y a las carreteras de Andalucía y Toledo. Y de éstas al centro.
A este tráfico bastante numeroso hay que añadir las salidas de los coches de servicio de un parque de bomberos que al estar muy cercano casi siempre toman este camino. Así que los estímulos visuales y auditivos están asegurados hasta altas horas de la madrugada. ¡Ah! También es camino obligado hacia el estadio Vicente Calderón, sede del Atlético de Madrid con lo que los días que se celebra un partido de fútbol, escucho toda clase de canciones animando a los equipos respectivos y los insultos o aleluyas al acabar el evento.
Afortunadamente, el edificio donde vivo tiene sus ventanas bien insonorizadas. Y salvo que éstas estén abiertas, sólo escucho diversos rumores sordos animados por las sirenas de las ambulancias.
Completan el panorama gentes caminando de forma rápida, por las aceras, como todos lo hacemos aquí. A lo cual ya nos hemos acostumbrado y sólo noto esta rapidez cuando visito otra ciudad o pueblo.Otro día os explicaré las ventajas de los urbanitas.
























lunes, septiembre 03, 2007

La ventana de la nostalgia. Marga Fernández. (Taller).


Cuando la vista se cansa de reposar sobre la pantalla del ordenador, levanto los ojos y me encuentro con una pequeña y tranquila placita con bancos, rodeada de ocho farolas, en la que vida del barrio transcurre de forma pausada. Está orientada al oeste y juego a calcular las horas por el dibujo de las sombras en las paredes y el suelo. Todos los días dos viejos se afanan en recorrerla tercamente con pasos cansinos durante kilómetros y horas en una especie de carrera en círculo contra la muerte, una carrera de antemano perdida, un paseo que no lleva ninguna parte. Mi gata me acompaña en esta mirada, suele ponerse en el alfeizar a tomar el sol entre las plantas o sobre el escáner mirando lo que hago como si pudiese entenderlo.
A lo largo de mi vida he tenido muchas ventanas por las que desfilaron personas, hechos, modas, historias diversas, paisajes maravillosos o deprimentes, todas ellas dejaron la huella del recuerdo en mí. Pero hay una ventana que, a pesar de los distintos lugares en los que he vivido, siempre me ha acompañado, es una ventana a la nostalgia, a la añoranza de lo perdido en el más puro sentido proustiano, una ventana que se llena todos los días de canciones, olores, voces, de, en una palabra, vida. Supongo que la mayoría las casas tienen esta ventana, la más humilde, la que da a un patio de luces donde la gente tiende después de lavar los trozos de su vida, ropajes que les han acompañado y que necesitan tomar el sol para purificarse.
Cuando siento la nostalgia me acomodo en mi ventana, cierro los ojos mientras el sol me da en la cara y el espacio se llena de las coplas que Angelita lanza al aire desde el bajo. La voz se amplifica en la paredes interiores y en mi surge la voz de mi abuela, eterna criadora de los retoños de su hija, cantando mientras airea colchones, sacude alfombras, “Te quiero más que a mi vida, te lo digo, compañero….”, cuida la olla, pone el chocolate a hacerse, te peina las trenzas, “no debía de quererte, no debía de quererte…” ríe y te besa mientras trajina incansable “y, sin embargo, te quierooooo”.Inspiro hondo y un olor a jabones me inunda, vuelvo a volar cogida a la falda de mi abuela, barreño con la ropa sucia en la cabeza y la pesada tabla de lavar sobre la cadera, hacia los lavaderos de mi infancia, lavaderos públicos antes de las máquinas de lavar, lavaderos donde las mujeres con los brazos arremangados con frío o con calor golpeaban las prendas mientras hablaban entre ellas, reían y ese ponían al día de los acontecimientos de pueblo, contaban sus amores y sus penas en una especie de cofradía fuera del alcance de los hombres. Los temas a veces se volvían escabrosos y las voces cambiaban de tono y se volvían apenas un susurro para que los niños no las oyéramos. Esa era la señal para que intentáramos agudizar más el oído o comenzásemos a preguntar con insistencia, al sentirnos rechazados, expulsados de aquel paraíso. Después tendían la ropa sobre la hierba para que se blanquease y todo se inundaba de un olor a limpio que yo confundía con la felicidad, ese mismo olor que ahora me inunda mientras las sábanas de mi vecina voltean sobre mi cabeza empujadas por el viento, dejando tras de si perfumes de añoranza.

viernes, agosto 31, 2007

Desde mi ventana.. Lupe García (Taller).











Cada mañana a las siete oigo como mi vecina Concha se dispone a que su puerta sea la primera del barrio en estar limpia y fresca para que todos la disfruten al pasar.
(Costumbre del pueblo empezar la limpieza diaria de las casas por la puerta de la calle).
Me doy media vuelta en mi cama y saboreo la hora de sueño que aún me queda antes de que todos salgamos a nuestras respectivas tareas.


A las ocho en punto me asomo a mi ventana y veo una calle estrecha y encalada, puertas de grandes casas solariegas donde la mayoría de la gente ya no está.
Recuerdo cuando era niña que la hora de la siesta se llenaba de chavales merendando pan y chocolate o aceite con azúcar en una rebanada.


Me tomo un café solo y despierto a mis hijos. Después veo como se alejan para coger el autobús que les lleva al instituto todos los días.
Sigo contemplando como la calle va cobrando vida.
Gente que va al médico o al ayuntamiento y se cuentan los achaques que el frio provoca en sus huesos o la subida de impuestos.

Por las tardes me gusta retomar la lectura detrás de los visillos color champagne y al calor del brasero de picón que mi padre aún no ha perdido la costumbre de encender a diario y todos los días me visita con la propuesta de que mi casa se enfría demasiado. (En los pueblos esta es la mejor calefacción).
Yo me dejo querer con el calorcillo que él desprende.


A veces me gustaría tener una ventana con vistas al mar….
Mi calle es larga y estrecha y muy blanca y desde mi ventana se puede acariciar la soledad de los pájaros.

jueves, agosto 30, 2007

Desde mi ventana – Fernando García Muñoz – (Taller).


Desde la ventana de la estancia más grande de la casa, que por cierto es la habitación que compartimos mi hijo y yo. El tiene su dormitorio y yo mi mesa de trabajo y estudio. Dos librerías con puertas de cristal, de Ikea. Y todo el mobiliario de blanco con paredes de friso color blanco, instalado por mi. El ordenador portátil al que he acoplado un monitor-televisor que me permite captar vía satélite los programas de Maharaji, a través del Hot Bird de Eutelsat, con una antena parabólica exclusivamente para mi, ubicada en el terrado de la finca. Una finca con 252 apartamentos y como en las grandes ciudades, cada uno va a lo suyo y si pasamos de darnos los buenos días, mejor que mejor. Uno al final se acostumbra a todo.
Pues bien desde esa ventana y desde la pequeña terraza que da a la calle, a la altura de un cuarto piso, observo todo mi mundo inmediato. Enfrente de nuestro bloque tenemos un vecino, ya jubilado que está siempre limpiando los cristales y al cual lo hemos bautizado como "el pulido". El piso de abajo del pulido, tenemos un chico que debe tener algún problema mental. De vez en cuando corre la cortina tímidamente y como escondiéndose detrás, mira la calle, nos miramos y se esconde de nuevo.
Cuando tenía una bicicleta estática y hacía ejercicio antes de ponerme a meditar, sobre las nueve de la mañana, siempre salía detrás de la cortina y miraba cómo yo hacía bici. Es curioso como podemos estar toda una vida haciendo las mismas cosas a la misma hora y envejeceremos haciendo las mismas cosas cotidianamente.
Tengo delante la Ferretería del barrio, la frutería, y la entidad financiera y mucho ladrillo, demasiado ladrillo, demasiada calle, demasiado asfalto, y pocos coches. La verdad es que es bastante silenciosa la calle. Da gusto salir a la terraza, apoyarse en la barandilla, respirar hondo y a observar lo que la vida te trae delante de tus ojos para que aprendas alguna lección. Me gusta salir algunas noches a la terraza y en el silencio de la noche, me gusta observar a las personas. Quien entra, quien sale, en qué estado vienen a las tantas, quien grita en la noche dando bandazos de un sitio a otro, cantando sin el menor escrúpulo, y sin caerse. Algunas carreras por alguien que ha robado en algún lugar y vienen calle abajo gritando. Es curioso, somos tantos que hay de todo en la viña del Señor.
Y sin embargo todos estamos aquí, se dice que en esta época estaremos todos, hemos de aprender algo que se traen entre manos los diseñadores del plan estratégico divino.
Lo más apasionante y maravilloso de mirar por la ventana, es que tenemos dos preciosas ventanas ubicadas en nuestras caras, por donde un maravilloso ser está mirando y en la medida que ese ser que mira y observa, disfrute más de la existencia y de la experiencia interior, verá un mundo mágico y asombroso delante de sus narices. No importa lo que observe ni a quien vea. La obra de arte se estará manifestando hacia dónde mire. Los colores, la espátula, la paleta del pintor interior irán trazando y dibujando la perfección. Y lo más increíble de todo es que el corazón es el único que puede captar esa grandeza de la creación. Todo estará en su lugar, no sobrará nada ni habrá que quitar nada. Todo será perfecto. Y todo se estará manifestando desde mis ventanas.

MIS DOS GRANDES VENTANALES. Manuel Cantero. (Taller)


Nat vuelve a la carga con sus simpáticas ideas. Es de agradecer.

Pues os diré que yo tengo una hermosa habitación, quizás la más grande de la casa. Tiene dos muy hermosos ventanales de doble hoja, de los de construcción antigua, con 16 cristales cada hueco. Y aquí os podría contar esa historia del ciego del Hospital que hacía feliz a su compañero de habitación describiéndole los parterres de flores, los vistosos uniformes de una banda de música, el parque de fuentes saltarinas o las puestas de sol multicolores, y mil etcéteras que “veía” desde su ventana.

Porque es que mi habitación es interior en un patio ciego, con un muro pelado a dos metros y pico, que me obliga a tener la luz eléctrica casi todo el día.

No. No me tengáis lástima. No me falta nada. Tengo de todo. Veo de todo por mis ventanas. Porque os aseguro que, como el ciego aquel, dentro de mí están todas las flores, fuentes, colores, historias... Todavía más: desde mi patio no veo ni el cielo. Mal dicho: no veo el firmamento, si hay nubes o si hay pleno sol o si llovizna. El Cielo, el Cielo, sí lo veo. Si me sitúo en dirección a las ventanas, en realidad lo que tengo delante es el ordenador en medio de las dos cristaleras. Y ahí se me abren luces mucho más amplias que las de mi aposento. Porque ahí en la pequeña ventana de mi monitor os veo a cada uno de vosotros, mis varios amigos que estáis ahí, y los otros muchísimos que siguen prefiriendo recibir mis cartas, mi aliento, o mi acompañar sus penas, o leer mis artículos, mis reflexiones, mis deseos de ser cercano a cada uno... Veo así en todos, vosotros o ellos, alegrías, veo contrariedades, veo grandezas, veo limitaciones, veo con ilusión el gozo de una participación fraterna o de un comentario constructivo, o el dolor de un mal rato por una interpretación menos acertada.

Por eso decía que el firmamento no lo veo desde mis ventanas. Pero el Cielo, sí.

Y hasta si me vuelvo de espaldas a mis ventanas veo otro mundo que llena mis espacios lúdicos: una gran colección de mi música favorita. Otra forma de “cielo” que ocupa mi higiene mental cada domingo por la tarde. Y eso es también parte accidental de ese sentirme bien..., bien de verdad.

Ese Cielo que sí puedo ver desde mis ventanas, por algún poco empieza.

A través de la ventana. Julia Martínez Isasi. (Taller).

La casa donde yo vivo tiene tantas miradas..., esto es una cualidad que permite disfrutar a cada uno de los tres pares de ojos que la habitan, espacios y tiempos similares sin rozar nuestras percepciones, diferenciándolas para poderlas saborear mejor.
Yo suelo mirar al Oeste. Ahí la ventana me trae los vientos del mar, unas veces en calma otras huracanados.La estancia que termina, tras mi casa, la delimita un muro. No es muy viejo, el efecto del agua cuando riego, los salpicones de la piscina cuando los niños se zambullen han hecho que parezca viejo, lo cual le da un aspecto eterno y a la vez perecedero...; la piscina me transporta, cuando enciendo la depuradora, a las cataratas del Niagara, al lecho de algún río cristalino, a las fuentes de la Alhambra..., el agua cayendo susurra todos los espacios bellos imaginables.
En el lado izquierdo un brezo cubierto de plantas que se enredan, trepan y florecen..., lilas y anaranjadas. Allí se ocultan las avispas, los pájaros al amanecer, lagartijas..., bichitos que dejo a su antojo, que me acompañan cuando la casa está vacía, cuando el silencio truena los gritos y jolgorios de los niños. Otras veces en cambio, el silencio es tranquilo, que es cuando están, en los momentos de máxima presencia, un silencio maravilloso, el que permite escuchar sus voces, risas, llantos, disputas, golondrinas posadas en la cuerda del toldo..., qué paradoja,silencio en el ruido, la escucha... y en el otro lado la más ruidosa soledad, esa que llamamos añoranza.
Hay un rincón, muy pequeño, justo debajo de la glicinia, donde más humedad se acumula. Todos ahí tienen su espacio, plantitas que crecen espontáneas, lombrices, flores caídas después de ver succionados sus estambres, la manguera enrollada y un olor especial entre dulce y terroso, que me trae las lluvias del Norte, qué delicia. Es un diminuto mundo lleno de vida, apenas dos metros cuadrados. Un cerezo que planté hace tres años deja caer sus hojas terminando el verano, cómo huele Dios mío!
Y el cielo, el que a todos nos acompaña, el más fiel amigo, el que jamás nos abandona, al que todos vamos cuando somos niños...; unas veces azul, otras en cambio como el plomo. África en la Mancha cuando cae el Sol. Y si miro por encima del muro hay una casa vieja que debió ser como las ventas que Cervantes describe y aunque derruida, es esperanza que mantiene esta vista mientras ella esté. Montones de cardos estirados al cielo, (este ha sido buen año para ellos) casi es un bosque de pinchos con cabezas azules.
Y no puedo más que describir lo que veo a través de la ventana , desde mi ventana. Ahora tengo sueño, cerraré los ojos, me iré a mi otra casa, que está en un lugar donde las ventanas son más bien pantallas.
Muchos besos a todos .
Buenas noches, lindas.

En aquella ocasión. Pedro Javier M. Pedrós. (Taller).


Como cualquier día sin importancia, sin alturas ni bajuras, se me ocurrió abrir la ventana de mi estudío en otro lugar al habitual y...

En aquella ocasión, me encontraba a pié de playa,era un miércoles de Agosto al medio día,con un calor insoportable, del que me refugiaba en mi vieja sombrilla, cómplice de tantas historias…

Tenía entre mis manos el libro “Fe de erratas “De José María Parreño, perteneciente a la colección Puerta del Mar, abierto en la página 75de esta edición donde leía un poema que empieza…:


“De entre todas las cosas
amo las desgastadas,
las que el tiempo decora con cambios y con pérdidas.”


A lo lejos empiezo a recibir un sonidocomo una voz, oxidada en soporte demegáfono de mano, que se acerca lentamente,me voy esforzando en descifrar su mensaje, que dice:


¡Oiga, llevo la patata, la botella de agua, elacuárium, la coca-cola, la cerveza fresquita!


Insiste una y otra vez, casi seguido. Ya frente a mí:

¡Oiga, llevo la patata, la botella de agua!…una y otra vez.

Recibo la imagen de un joven de raza gitana,descamisado, con sombrero de paja ycarrillo de obra viejo.


Su mercancía situada ordenadamente para dejar espacioa un altavoz de mano a pilas,cuya grabación repetitiva solo desconectacuando se le acerca un cliente.


Entretenido con esta imagen continúoleyendo el poema de Parreño:



“El tiempo las corrige,

las dispone para su verdadero cometido,

las detiene invisibles de tanto ser miradas…”


Doy un salto en mi mente y sindarme cuenta,me pregono en mi interiorcon infinita timidez:


¡Oiga, llevo el mar, la sonrisa!

el azul, el abrazo, la poesía, la patata!


¡Oiga, llevo el mar, la sonrisa,

el azul, el abrazo, la poesía, la patata ¡






Desde mi ventana...Adolfo Morales (Taller)



Verde, en la copa de los pinos, azul celeste arriba del horizonte, albero y blanco en las fachadas, son la paleta de colores de mi mundo más inmediato.

El sol, fiel compañero, ilumina a estas horas (9:56 a.m.), con suavidad el patio-porche que es la primera estancia de mi casa.

La buganvilla de flores fucsias se enreda por las columnas del falso peristilo, dejando belleza, sombra y trabajo ( las hojas caen a diario por decenas, en un ejercicio de renovación constante), una amplia mesa con cuatro sillas y dos sillones preparados para el sometimiento a la intemperie, en el centro una gran sombrilla de tela color "verde guardia civil", y platos de cerámica, y objetos encontrados en el mar, y macetas, y arbustos ya viejos compañeros como el plumero de copa redondeada –yo soy el artífice de las formas, cual “Eduardo Manos Tijeras”- arbusto que anuncia la primavera de un modo preciso y cuya floración dura apenas una semana, sus múltiples estambres de un vistoso color rojo-rosa-fucsia, inundan el eje central del patio-porche, también jazmines, romeros, cintas a modo de fuentes, y el generoso pacifico.

En un rincón, “Las Isabelitas”, dos pequeños pájaros de colores marrones, cremas y blancos, pequeños, de pico oscuro, de mirada tranquila, padres de futuros “diamantes” muy difíciles de conseguir, ellos lo intentan, pero hasta ahora sus huevos no prosperan y eso que les cuesta casi la vida, manteniendo una férrea disciplina alternándose en mantener el calor de la incubación.

Una mesita circular de sesenta y un silloncito de hierro -donde leer el periódico o ver caer la lluvia- junto a una librería de forja, con múltiples objetos: velas, conchas, pequeñas macetas, un jarrón con piedras (suelo traerme una o dos piedras de los lugares que visito) y algún que otro libro.

Este orden se equilibra con tres balones de fútbol a cual mas gastado, una bicicleta de montaña... los elementos esenciales en el ir y venir de mi hijo pequeño -13 años recién- Daniel, que tanto me recuerda a mi, ¿sabéis?, tiene "novia, se llama Viki (suena dulce ¿verdad?), él no lo sabe aún, pero son tal para cual. Les deseo lo mejor.

También la cesta de juncos que guarda los útiles de la jardinería y los guantes, y dos pelotas de tenis gastadas, y la bomba de inflar las ruedas y alguna cosa que hace tiempo debió salir de ese agujero, pero que decidió quedarse.

El terrazo de color teja y con huellas, juega con los arriates rematados con cerámica “verde de Bonares”, un verde brillante y oscuro de una gran intensidad muy agradable a la vista, muy andaluz. Esta plenitud de colores y armonía es mi mundo más inmediato, nada que objetar. Al fondo fluye la vida, el vecindario, la gente que pasa y más a lo lejos se deja oír el rumor de los coches camino de Corrales, Huelva, Aljaraque, Ayamonte o Punta umbría.

Ahora con vuestro permiso, me asomaré a contemplar este micro-entorno, respiraré hondo de sus fragancias y esperaré haber sido lo suficientemente gráfico en mi descripción y haberos hecho partícipe de sus sensaciones. Pelillos a la mar.

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