martes, diciembre 19, 2006

Sopa para el corazón ©

A leña
by
Jorge Sallies

















Sucede que sí. No tengo por qué argumentar mi afirmación, no es problema mío el que crean o no.Basta ya de justificativos.El aroma de pino fue la primera señal inequívoca de que el "devarío pre senil" (para ellos) o el mágico hecho ( para mí) está aguardando impaciente nuestra cita anual. Ese olorcillo de infancia sureña alerta mis cinco sentidos y abre las puertas de mi corazón.

- Pasa amiga a tomar un chocolate mientras llamo al doctor - Me dice Lissie en su adorable inglés.

Bello hogar, bellísima casa , tan hermosa como aquellas que alguna vez ví en los catálogos de almacenes gringos de la década de los sesenta del siglo pasado, que llegaban a casa de mi abuela y que durante mis vacaciones revisaba una y otra vez hasta que tentada por los juegos, tijera en mano, recortaba muebles, hombres, mujeres y niños sonrientes para que adornaran la casa de muñecas hecha con una caja zapatos. Bello hogar estadounidense,con olor a bizcocho de vainilla.

Mientras preparo café y chocolate, reviso inquieta la decoración de la habitación... bello, bellísimo todo.

- Nat, agrega un leño a la chimenea - Grita mi gringuita desde el segundo piso.

Me dirijo hacia la chimenea. Mi vista queda prendada a una cocina a leña, una pequeña réplica puesta junto con las botas navideñas y un libro de villancicos al lado del lar. Y sucede.

La cocina de la abuela está repleta de gente. Mi tío silbando la melodía de una vieja película del oeste americano echa carbón a la cocina, debe estar el fuego vivo, hoy se preparará la cena de Navidad, el mejor regalo que se puede dar y compartir con los seres queridos. Mi abuelo a la cabecera de la mesa, apoyado en su bastón mira hacia la ventana que enmarca un cerro, sus ojos no vuelan junto a las gaviotas, ya para ellos no hay visión. Mis dos tías mayores, Elvira y Alicia, cantan un tango: princesita rubia de marfil...dueña de mi sueño juvenil...la que pregonando rosas rojas de abril, recuerdos de las calles de Madrid... Doña Aleja, la nana mapuche, me coge de la mano y me lleva a mi puesto para recoger en dos trenzas mis cabellos de "hechicera de sol". Asomando en la puerta Tía Herminia, con sus manos en los bolsillos del delantal, pregunta por los otros niños.
Mi abuela, la Coca, con su ceño fruncido y sin dejar de hablar y quejarse por todo, cocina, entre recetas guardadas en la memoria que nunca realiza como es debido, entre los cantos de las hijas, la historia del hijo y el olor a pino silvestre, cocina.
Me suelto de los brazos de la "nanita" y corro a donde mi abuelo Cali, le dejo un beso en sus mejillas, busco ver mi imagen reflejada en sus ojos muertos que para mi poseen los más bellos tonos de verdes y grises que jamás he presenciado...me hago señas yo misma cuando logro divisarme en sus pupilas.

- Mis ojos son tu espejo de bosques encantado, mi dulce muchachita-Dice mi abuelo con su voz de tronar del viento del sur... siempre sabe lo que hago cuando estoy frente a él.

Voy donde mi abuela, que sigue regañando y cantando entre dientes. Está probando la cazuela de ave que borbotea seductoramente . Cuál aroma será el más delicioso, me pregunto, el de la sopa hirviendo o el que mi abuela regala al hogar, olor a violeta, olor a mujer simple y querendona.
Mi abuela me sonríe, lleva su índice hacia la boca para indicarme que guarde silencio. Saca con la cuchara de palo unas arvejas tiernas, las lleva a mi boca, siempre ha sido nuestro secreto, ser yo la primera que pruebe las pequeñas esferas verdes de la cosecha del huerto hogareño, complicidad de abuela y nieta. Estoy cogiendo los frutos con la boca, soplo, están hirviendo, veo en los ojos de mi abuela mi imagen, no encuentro mis trenzas, ni mi delantal blanco, veo mis arrugas y mi rostro algo cansado yajado por el paso de los años.
La Coca acaricia mi rostro con sus manos de seda y me dice que es hora de volver ya a mi presente real, debo nuevamente atravesar el umbral del tiempo que la vida dadivosa abrió para mí esta mañana invernal.

Lissie, me mueve nuevamente el hombro. La miro y le cuento que mi abuela tenía una cocina igual a la que adorna la chimenea. Le converso de mis abuelos maternos, de mis tías mayores, todos ya fallecidos; de mi tío Leto y la Tía Herminia que murieron poco antes de mi viaje al país del norte. Le hablo de las historias de mi infancia y, al verme ella sumida en la melancolía, se dirige a la cocina y vuelve con un tazón de sopa de pollo en donde junto al cilantro sabor de mi país, flotan unas pequeñas, redondas y mágicas arvejas.

- Sopa de mi abuela, amiga, sopa para el corazón - Me dice bajito Lissie mientras mi cita anual con un hecho mágico se esfuma junto al humo de la chimenea de la habitación.

Nat , la vecina de la puerta de al lado.

DERECHOS RESERVADOS

3 comentarios:

Alejandro Sanz dijo...

Historia tierna y bien contada, me ha gustado. Feliz navidad
Alejandro Sanz

_poemme_ dijo...

Gracias Alejandro, tanto por visitar el blog como por contar con tu amistad.
Generoso tu comentario, amigo.

Loreto Paz dijo...

Mmm, esos momentos mágicos...

Cuando eso sucede, es como si una ventana que nos permite encontrarnos en otro momento, en otro espacio se abriera de par en par. Lo leí con un inmenso placer.

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