martes, abril 03, 2007

La Doña.





Distinguida la doña, cada mañana antes que el sol cantara mediodía,arreglaba su figura ante el espejo.
El eterno vestido negro, si no el único, se comportaba a la altura de ella:ni una sola arruga que opacara las de la dama, ni un solo quiebre en el negro de la tela usada día a día, año tras año. Coronaba su cabeza con el sombrero, rescatado del baúl de su abuela,fiel compañero desde el estreno en sociedad en el club de campo de una ciudad que tuvo en su tiempo el brillo de una estrella de cine de película barata.
Empolvado el rostro, perfumada con agua de rosas, la doña salía a caminar las aceras y a conversar con el aire.
Antes de partir, dejaba la ventana de su pieza abierta y en medio del escenario, un pocillo a medio llenar de leche añeja. La gata azul no compartía su espacio con nadie y en esa habitación de cité no existía el espacio suficiente para ambas.
Tampoco olvidaba echar las diminutas piedras blancas que comenzó a coleccionar cuando por un amor que la deshonró , la familia ( paterna y materna, sí señor) la lapidó con desaires y silencios. Desde entonces , por cada prueba demoledora que le regalaba burlona la vida, Doña buscaba una piedrecilla alba que según ella era una esperanza disfrazada.
Y salía la vieja. Altiva, con una mirada de acero que se desdecía con su sonrisa de terciopelo.
Por cada cien pasos arrojaba una piedra y repetía en voz alta, conversando con la brisa: sembrar el camino de otros con la fe de mis días. Y se perdía por horas y horas, vagando , buscando quién sabe qué o quién sabe a quien.
Ya el bolso vacío ,al igual que su memoria vacía de recuerdos. la mujercilla detenía su marcha, se persignaba unas cuantas veces y, media vuelta de por medio, deshacía el trayecto realizado aquel día.
Cada cien pasos, se detenía a recoger el cuarzo blanco que paciente esperaba horas y horas por la mano femenina. Más de alguna vez una que otra piedrecilla, gritó al momento de ver el cuerpo ajado doblarse de tal manera que la frente besaba el asfalto o la hierba. pareciendo que allí se quedaria la doña fundiendo el pensamiento con el eco proveniente del vientre de la tierra.
Y la doña, se reía, aún le quedaban ganas de liberar carcajadas cuando como tiritona equilibrista, asía los ansiosos guijarros y los llevaba al fondo de la cartera.
En el momento mismo de depositar el último acompañante del paseo diario, la abuela carcajeaba como niña: nadie recogío una esperanza, nadie las necesitaba o, simplemente, nadie creía ya en ellas. Así pues, con el bolso repleto, juraba que su vida al dia siguiente tendría un mejor día, una oportunidad de querer la cansada alma seguir pegada a la vida.
Cerrada ya la puerta de la habitación, la doña, circunspecta, recogía el pocillo de porcelana y bebía el resto de leche que la gata le dejaba. Sentada en el marco de la ventana con sus esperanzas petrificadas sobre su falda, bebía la leche sorbo a sorbo con la mirada perdida en el sol que se ponía.

Nat Gaete, la vecina de la puerta de al lado.
(Bajo licencia Creative Commons)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida siempre transcurre mas lentatamente para el que menos tiene, y el que no tiene nada es el que carece de amor, asi piense que tiene todo. Gracias por compartir tan bello escrito.

La china Ling.

Ameba dijo...

asi es ...




gracias por compartirlo

Dani Moscugat dijo...

Así es la vida... una claraboya para el náufrago puede ser un culín de leche en un momento dado. Gracias por compartirlo guapetona.
Saludos moscugaéticos.

_poemme_ dijo...

Gracias a uds. por leer el texto, por regalarme vuestro tiempo.
Nat

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