lunes, junio 04, 2007

Infinita calma. Adolfo Morales.


Casi siempre, las cosas importantes me suceden en primavera, pero suele ser durante la estación más estival cuando acontecen los hechos más significativos.
Y allí estaba ella, desnuda, arrellanada entre las sabanas, abrazada a la almohada, serena, bellísima, casi perfecta.
Su piel hidratada y morena, espolvoreaba la cama y sus cabellos castaños se abandonaban en la calma del descanso. Una belleza en perfecto equilibrio, dulce, cercana , sublime y vulnerable.
A ratos, abría sus limpios ojos almendrados y percibía el horizonte, -donde estaba yo-, para acomodarse, volverlos a cerrar y perderse en el sosiego de sentirse segura y amada.
Podría pasarme horas observándola, no me cansaría.
La vida tanto te da como te quita. Esta ocasión fue uno de esos regalos con los que casi no cuentas, y allí estaba yo, absorto, perdido y encontrado, y allí ella entregada, radiante, perdida y encontrada.
Esta vez, la almohada jugó el papel de ser depositaria, cómplice de miradas, silencios y secretos inconfesables.
Esta vez no enjugó lagrimas de desesperación. Esta vez quiso estar a la altura de las circunstancias y se mantuvo al margen, cumplió su papel con rigor, y dejó que aquellos enamorados fueran los únicos protagonistas.

2 comentarios:

Huelvabloglibre dijo...

Saludos a los chicos de ese lado del planeta. Un abrazo. Adolfo.

maría magdalena gabetta dijo...

Hermoso y sensual. Un abrazo. Magda

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CAMINO PARALELO - VICENTE HUIDOBRO

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