martes, enero 02, 2007

aún hoy me acuerdo de Luisito ©


Nací el día aquel de los Idus de Marzo, un día grande y luminoso, una fecha señalada, el mismo día en que nacían los mismos años. Mala suerte que eso fuera en otro tiempo, en mi caso resultó ser día martes, un martes cualquiera a finales de un invierno..

Aún parece que la veo, que la sigo oyendo, que me abriga su presencia y me nutre todavía su entusiasmo. Había en aquel tiempo una mujer alegre y sonrosada que no paraba de cogerme y atusarme, de besarme, de cantar y sonreír, que no dejaba en fin de repetir: “¡qué cielo!, ¡qué lindo eres!, ¡qué niño más bonito!”. Se trataba de Melecia, la niñera, a quien mi madre siempre al quite solía replicar: “¡Ay... pero qué desgracia más graaande…!”.

Una sola madre hubo en aquel tiempo renegada de su gracia, una, una sola, suerte que me tocara. Aunque nunca me he quejado.

El desvarío de mi madre vino a cuenta de la muerte inesperada de mi abuelo, su padre, por quien ella profesaba cierta desbordada devoción. La desgracia aquella acudió con un par de semanas de adelanto al parto, y mi visita, tan cercana como inoportuna, provocó que no aceptara el cambio desigual del uno por el otro que los cielos la infringieron. Lo tomó muy mal. Un santo por un demonio, decía. Verme a mí provocaba en ella ciertos sarpullidos de carácter que la hacían aferrarse más y más a su amor por el abuelo. Así que fue por ese entonces cuando decretó mi venida como un suceso infausto; y yo, que no tenía donde ir en aquel tiempo, me quedé a su lado ignorando el daño que causaba.

De modo que no tuvo más remedio que apartarse de mi influjo pernicioso buscando acomodo en un refugio, que tal fue para ella el templo inaccesible del culto a la memoria del extinto, mi difunto abuelo. Y tanto y tanto se afianzó en los dictados de aquella devoción, que fue sin duda a causa de una inspiración sagrada que aquel día le cortara la cabeza al bueno de Luisito.

Años más tarde supe que la interceptaron con el hacha ardiente en una mano, la cabeza del pobre incauto suspendida de la otra, y una frase compulsiva en los ojos y los labios. “¡El otro!... ¡el otro!... ¡¿dónde está el otro demoniooo?!”, dicen que decía.

Siempre me dijeron que fue para otros hijos madre afectuosa, que lo fue con los mayores, los que no llegaron a destiempo. Mala suerte. Las cosas vienen como vienen y ya no sirve darle vueltas. Por eso no me quejo.

Pero aún hoy me acuerdo de Luisito… y lo cierto es que jamás volví a probar un gato semejante.

retugenos
Espania
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Entre el sarcasmo y una coincidencia lo leí. La ironía de lo que se oculta detrás de la historia me ha gustado, al igual que identificarme con esos meses de gestación mientras mi abuela moría.
Se antoja leerse de nuevo, que es de esos escritos que nunca terminan de escribirse porque los lectores nunca terminan de crearle nuevos finales.

Anónimo dijo...
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_poemme_ dijo...

Final abierto? Concuerdo contigo Antonio(alipuso), que posee este texto una exquisita ironía y que invita a leerlo más de una vez.
El mentado realismo mágico de todo buen escritor asoma en él.
Aplausos para el autor.
Gracias por participar en este humilde blog colectivo.
Besos poemmesianos.

retugenos dijo...

Antonio, Nat, ambos me ofrecéis nuevas perspectivas del cuentito, de esas que hacen mirarlo con cariño.

Gracias, sendos abrazos.

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